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lunes, 26 de octubre de 2009

Banjud - Apéndice a "Relor d,um seréio" op. cit. Edición en Calbhe 2009

Fig. 00 : Banjud recién parido
Fig. 1 : Estreno y ejecución performántica

Fig. 2: Diseño de camiseta oficial almaridí.
Extracto referencial en texto (objeto de errata)

Tríptico confirmativo de que el tabularpista de una formación tamién tañe el banjo arábigo.

El banjud en el harén del té

O como explicar lo futesco o putañesco de sostener una teoría sobre supuestos crasamente erróneos.
Morróme o muríme de felicidad al hallar los tres elementos, via internet, que ecuacionalmente resolvieran la veracidad histórica del banjud.
Busqué anodinamente frases, libros, prospectos, trípticos que me convencieran de que el nuevo instrumento musical no era invención mantérica, sino que su sustentación estaba ya servida en documentaciones anexas y palimpsestos arcaicos.
Pasáonsed-l-lhá años, quiza lustros desde el acalorado encuentro con Eulalio en el Kaviar Kaspia de la place de la Madaleine.
Para un certero arbitraje era imprescindible que la próscima vez se contara con la asistencia del bibliotecónomo cipango-jordano Mossesba San.
Qué mejor ocasión para poner sobre la mesa el manuscrito de Reloj d,um seréio, ampliado y corregido al calbhe, lleno de expresiones vivas pese al carácter soez de muchas de ellas. Estaban en la calle y de ahí a la literatura cavecana, como ha de ser menester, sin conculcarlas.
Mal guiado por los avatares informáticos y los motores de búsqueda artificiosa empeñéme en performar un viejo banjo, regalo de un egregio mnorbense de Minnesota, hijo y nieto de bluesman,s en un ud o sitar.
Buscar un sonido más metálico y glissándico al estilo de los udes calabaceros persas.
Encontré un pdf, servido en bandeja, en el que creí sustentar los cimientos históricos del banjud.
En una lectura rápida y somera del mismo, solamente del enunciado línkico se hallaba inserta la solución a mis pesquisas:
Los trabajadores árabes de la diáspora parisina, y en concreto de Tours, onde recaí tras el encuentro pristino con Lalo, pasaban sus horas muertas en los balnearios y termas, entre charlas conspiratorias y a falta de údes, el sonido arabigado del banjo.
Como si se tratara de la frase de P. Warrior “si no hay vino con cerveza brindamos”, el banjo, y estamos en 1967 según la autora de ésta novela en PDF, era el instrumento que sonaba en harenes paupérrimos y baños turco-argelinos.
Era el documento que ansiaba, díjose Vladimiro, y sin más encaminóse a su construcción y performación.
Eso, o ir a Persia, a Khakastrán o a Belice a gastarse los cuartos en uno de luthier.

Subtitulo el pasaje “El banjud en el harén del té” entroncando la lutheria cavecana con tres flines, tres, que parecían allanar el camino de la glissandez más údica:

Le té au harem d,Arquímedes, El camello que llora y Les silances de palais.
Tomados no para henchir una poliintroitación sino para relacionar taxativamente la performancia plástico-artística.

Confirmación a posteriori de la crasación errolflinar:

Al poco de leer la novela sin hallar ni rastro de la referencia al banjud víme en la texitura de releerla, ésta vez sin saltarme todas y cada una de las glosas al margen.
Una tercera lectura no fue suficiente.
Exasperado y confundido leí letra a letra el largo texto de finales de los XX, y mottu asterisco, hallé el summun del errol gafarral:
¡Qué chasco!
Ahí no hablaba nada de banjos.
¿Hacia qué abismos nos arrastran los motores Jonson o Envirude de búsqueda pixelar?
Con el invento llevado a fase terminal era quasi utópica la marcha atrás.
En la fig. 2 anexa hallé un segundo apósito donde conjeturar la performance, en estado ya, como dijimos, terminal. Era el único argumento veraz que nos quedaba tras la desfechura del primer supuesto que tan literario se nos mostraba.
Un tríptico de un concierto en que el tabularpista toca tamién el banjo se alzaba como único antecedente de la innovadora contrucción luthiérica en pos de un amejoramiento asaz orientalizante de la causa cordofónica almaridí.





Pixelografía jurisconsultada:




http://www.atlalmusic.net/www3_000005.htm

1. [PDF]
París en 1967: un premio Fémina que hablaba de racismo
Formato de archivo: PDF/Adobe Acrobat - Vista rápidacasbah hace referencia al banjo árabe de París; ham,nan¡ a los baños argelinos; el grito del muezzin dice elbi el-bí; Hawa, que significa Eva, ...dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=818415&orden... - Similaresde JMV CEREZO - Las 5 versiones

1. PDF]
tflïROfcyyfl
Formato de archivo: PDF/Adobe Acrobat - Vista rápidaEsta música arabigoandaluza de la escuela de Sevilla, tan festiva, nos recuerda el pasado árabe. Oiremos e! laúd, ei violin, la darbuka, el bajo, eí banjo y ...ceplaspalmas.com/lp1/images/.../m%FAsicas%20del%20magreb.pdf


domingo, 14 de diciembre de 2008

Doble exposición - Espiralidad - Lied XXXVII







1 - Ante la animada afluencia de público y crítica a esta Tabla,



2 - en espera evolución del binomio Guinga - Guince, y



3 - en guardia ante el recrudecimiento del conflicto Du Foie & Priest



siéntome motivado pararealizar pliego de descargo:










Fue hace dos o tres viernes.
Yo salía de recoger a mi Lucía de clase de pintura.
Desde la esquina de la calle Oviedo se divisaba una escultura de hierro que me recordaba a Gargallo.
La casualidad ha hecho que al visitar esta exposición fuera doble:
PINTURA Y ESCULTURA.
Ambos amigos.
La espiralidad hace que de uno de ellos, el escultor J. Collado, hablásemos en Introito pajareril.(vgratia: )
Juan nos mostró sus esculturas de hierro explicándonos su génesis de una en una.
Le comenté que le había citado en nuestra Tabla y me obsequió con un catálogo precioso de su última exposición en el Patio de la Asamblea. (Imagen)
En cuanto a Miguel, su tia es protagonista seudónima de un capítulo de la novela Reloj de un sereno , op. ctada, de la que reproduzco un fragmento:




XXVI




El autobús se estacionó en la parada de los churros de Monesterio y bajé con

Lena a desayunar y fumar. Como era habitual, me abastecí de jamón de pata

negra al corte y algo de queso camino de los Caños de la Meca. Lena era actriz y

maquilladora de cine. La tellesa enfiló camino al sur mientras la veterana artista se

reclinaba en el asiento susurraba con los párpados caídos:
-“Nací en Tetuán. Mi padre era militar, como todos los españoles de allí. El capitán

Sanjuán transportó a Franco desde Tetuán. Quiso desviar el avión en pleno vuelo

hasta zona republicana, pero el general asomó la gaita, como gallego que era, y

ordenó proseguir la ruta norte. Nada más apearse del avión Franco, remontó

Sanjuán el vuelo y huyó. A su mujer e hija las detuvieron en Tetuán. Iba a diario

con mi madre a llevarle una bolsa de comida a la cárcel.

A finales de los años sesenta rodamos una película en México, y ante mi

insistencia en conocer su paradero el ayudante de vestuario me previno:

-“Sanjuán se trastornó, perdió la cabeza”.

Lo visité en un sanatorio. De la emoción y los nervios no pude articular palabra ni

él me dejó. Postrado en un sillón de orejas estampado repetía hasta la saciedad

amargamente:

“Tenía que haberme estrellado. Tendría que haber estrellado el avión”, una y otra

vez.

Jamás volvió a ver a su mujer y a su hija. Los fascistas se vengaron en ellas.”

Lena cambió la postura y ya con los ojos cerrados como las curvas de Tentudía

me dijo:

-“Ahora voy a echar una cabezadita. No me creo que desconozcas la historia del

teniente Mohamed Torres.”

De vuelta al pueblo otra vez por la ruta maldita. Llamé a Fiodrito el mismo día del

tornacumpleaños de su papá Fiodro para consultarle algo sobre los muelles del

flexo. En cualquier problema mecánico que pueda surgir padre o hijo te dan la

clave de la solución.


-“Se me ha cascado otra vez la vulcanizadora. He de veros. El arreglo último os

quedó cojonudo y me hizo el apaño, pero ha dicho basta ya.- le expliqué.

-“Vente para aquí, que hoy también celebramos mi cumpleaños y te invitamos a

una pesicola; otra cosa no hay”,

-“Felicidades. Os veo y así conozco la nueva carretera.”

En otro tiempo, por allí vino la avanzadilla moruna de Don Álvaro. Compartimos

besos y abrazos. Fiodro se levantaba de la siesta. Su mujer me ofreció un mojicón

con achicoria. Sonó la campanilla de la puerta que me pareció un cencerro con el

badajo en forma de falo. Apareció el alegre Vimheiro y se sentó con todos

nosotros en la camilla.

-“¿Y vosotros os conocíais? ¡Anda la ostia qué sorpresa!- exclamó mientras

ofrecía a la mujer de Fiodro una talega de limones verdes embriagadores

extrayendo a su vez del bolsillo de la zamarra una botella de ron.

-“¡Déjese de achicorias! Saque usted unos vasitos y probemos esto que me han

traído de Cuba los compañeros de Comisiones!- bramó Vimheiro, el sonriente rey

de las hortalizas.

Apurados los vasos nos encaminamos todos hacia el taller. ¡Qué ordenadas las

cajoneras de las fresas y de las herramientas! Fiodrito se situó al pie del torno bajo

el fluorescente. Su padre hervía las tripas de mi máquina en una olla sustrayendo

así de esta hasta la última mota de cera. Vimheiro y yo nos mirábamos

asombrados de la pericia de éstos. El tufo a aceite y a acetileno era parte de ese

mágico momento. Vimheiro recordó de pronto:

-“La numerosa familia Calandria, que eran los ricos del pueblo, al oír los primeros

tiros de los moros en plena noche huía trepando muros y tapias de casas y

corrales. Al más pequeño le alcanzó una bala perdida”.

La compota mecánica de Fiodro burbujeaba y las pelotillas de cera verde salían a

la superficie.


La casa de Lena


Cuanto más tardaban en llegar los reyes magos y el día mundial del colegial tanto mas anhelaba ir a casa de Lena

Un día lluvioso atravesé su umbral y oscuro pasillo repleto de mármol traveltino y azulejos de Talavera llegaba la luz tenue del patio interior

desde las vidrieras ambarinas. Ella apareció con un paquete de detergente ESE del cual extrajo una figura ecuestre de plástico blanco a la

cual llamaban El Todopoderoso aunque para mí representaba al Cid campeador.

Repitiendo esta escena llegue a tener una amplia gama de cid campeadores de un asombroso blanco nuclear que coloreamos con nuestros

primeros rotuladores

Por más que leía el cuento del soldadito de plomo no los veía por los escaparates de juguetes. Cuánta aventura y rafting de alcantarilla.

Cuánto veneno no derramó la ensangrentada pierna Plumbifera del militroncho que las ratas caian como moscas, al contrario que Hamelin y

muy parecido al final de la peli de Orson el tercer hombre.

Siempre sentí especial atracción por los medios de locomoción tan originales de los cuentos

Mi favorito “cinco en una vaina”,una historia de un guisante descarriado.


Pero esta vez en casa de Lena ocurrió algo especial. Las baldosas blanquinegras relucientes y recién fregadas eran el escenario de

nuestros juegos:

-Quien pisa raya pisa la medalla

-Quien pisa el cuadro pisa al diablo

Se abrió la caja de Pandora. Un enorme cajon de madera como de la Renfe pletórico de juguetes inimaginables por lo raro e intemporales.

Escopetas de corcho, motos de lata, coches de cuerda y un aro.



Género literario: Novela
Título: Reloj de un sereno

Estructura: Catorce capítulos que ahondan en la personalidad y las vivencias de catorce personas cuya existencia se interrelaciona en torno a la calle del Portillo como eje que vertebra esta historia de ficción. Tiene un carácter dramático en cuanto profundiza en dos hechos reales sanguinarios concretados en un período de cinco meses que alcanzan a todos ellos y transforma sus destinos de un modo trágico. Contiene elementos épicos y de aventura, pues pese a no ser bélica, los hechos principales se desarrollan en la retaguardia de un conflicto armado: pilotos enjaulados, modistos desahuciados, novias suicidas o profesionales desposeídos de sus títulos y purgados. Pero la orquestina minera de Villanueva del Río, la Banda Municipal de Música de Madrid, un grupo de jazz de gitanos franco-belgas o el guitarrista Benito de Mérida, que participan en el engranaje musical de los capítulos y el apego a la vida de estos catorce antihéroes nos harán emocionar y salir de la desesperanza con buenos ratos de comicidad. De la sordidez al humor, pasando por la afirmación de André Malraux: “Sólo se descubre una vez la guerra, pero se descubre muchas veces la vida”.



El autor: Blas Barroso Martínez




Escrito el dia que se fue Hilario:

http://bbblaki.blogspot.com/2007/10/kubbaha.html



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BBBLAKI
martes 30 de octubre de 2007
Kubbahía

Kubbahía Bolero QuattroSabíamos que la diligencia hasta Talarrubias se retrasaría hasta la exasperación, aún más, al llevar como equipaje dos pesados fardos llenos de nubes negras como el picón.El primero se evaporaba en el sol tórrido de agosto tras una tormenta insólita. Las gafas redondas de Hilario eran dos gotas tras las cuales se veía el fanal de Machado y tras las del poeta, entre cenizas y migajas, podía divisarse el arco iris redondo, y en la hierba, a ambos merendando croquetas y empanadas junto a Alicia la de Wanderlán.-“Me llevo el cencerro” , dijo solemnemente Xabi Liberat. Cerró su portátil de un golpe no dando crédito a tan mala nueva que añadía un tercer saco de desdichas a nuestras espaldas. No volveríamos a chatear con Guillermo.Por mi parte, como dice el bolero, puse a prueba mi frialdad agosteña orando en catacumbas y osarios que florecían entre latones y herrumbres. Vacié el cenicero del coche que tenía una amalgama de pavas, puchos, habanos, chicles imposibles de desentrañar por el más sabueso. Me armé de valor y deposité en la escayola el periódico y los cuatro claveles rojos. Lancé desde la tela metálica las cuatro rosas a la fosa. Seguí el camino.Cruzamos el río Búrdalo, pleno de graveras. Un elanio azul desde la alambrada oteaba las tomateras de Santa Amalia. Otro pitillo para los viajeros. ¡Ventilemos, que entre el aroma de los frutales de Valdivia!Budy Germán no se me iba de la mollera. No le envié mensaje alguno, pero su destreza y feeling nos hubiese venido de perlas en el jardín de la mansión fantástica.-“Así aso la guitarra Ibanez Artits…”-Interpelé a Monty.”Le he limpiado el óxido con papel de lija y ahora el jack busca la clavija. Va como la seda”. El pianista sólo sonrió, sudando a chorros con una maraña de cables y alargadores llenos de todos los alberos peninsulares.La cancela estaba abierta. Tomamos posiciones en el jardín. La puerta hermosamente modernista crujía y se nos abría de piernas de par en par. Retomamos posiciones en el vestíbulo.-¡Aaa de la casa! ¿Quién vive?- rugió David el intrépido. Silencio como respuesta. Los aparadores y alacenas decimonónicos eran cajas de resonancia a nuestras voces:-“¡Oiga…iga…ga…ga…!”- las telarañas sesteaban sueños centenarios colgadas de la lámpara de cristales.Nuestro camerino fantasmagórico se esfumó al ver sobre la mesa camilla un paquete de Fortuna y un periódico doblado.La diva Chamba bajó con parsimonia las escaleras que crujían como los cheetos en la puerta del colegio y se encaminó hacia el Escenario. Un solo interminable de caja y charlie la aguardaban. Se hizo la noche. Tomó el micrófono. Soto voce. Dolce. Sonó il violino col legno. Silencio total. El piano derramó escalas y acordes diminuendo. Silencio parcial. Lagrimones oscos en el firmamento siberiano. Un aliento amigo que huele a pescado de rio. De bolo en bolero, se consume nuestra clepsidra. Al lucio le sucede el black-bass, y a la carpa el siluro (…)







Bibliografía Mossesba San convaleciente



http://freesoulxtrem.googlepages.com/evolucion-imprenta.html

http://nelm85.blogspot.com/2007/12/la-imprenta-y-su-historia.html


http://inic-ediciones.com/ver.php?id=502


http://www.biografiasyvidas.com/monografia/gutenberg/fotos3.htm


http://geek3.wordpress.com/2006/11/13/¿como-es-posible-escribir-japones-con-un-telefono-movil-parte-1-por-kirai/






La cavecanoa zozobró a distancia.


http://lacajadelosmedios.blogspot.com/2007/10/la-imprenta.html

http://ph-colombina.blogspot.com/2007/03/cristvo-colombo-frei-bartolom-de-las_23.html


http://avanteados.blogspot.com/2008/08/oro-en-cipango-23.html


http://66.154.152.16/gallery/slideshow.php?set_albumName=album09


http://nuevastecnologiasv15.blogspot.com/2008/02/cristobal-colon.html


http://losviajesdecristobalcolon.blogspot.com/2007/09/antecedentes.html











viernes, 28 de noviembre de 2008

Sabañones en Nw York II













Arreglando un juguete en Cody (Minnesota)

I

Antier de madrugada hacía un frío en el aeropuerto de Talavera la Real que cortaba el forro de los tres pares de cotiledones.
No he echao aún la cuenta de las horas.
Heme ahora calentándome los sabañones en un sex-shop con drugstore de la Quinta Avenida ante un cafelato que me sabe a crema de alcahuetes.
Para nada quería yo haber viajado tan lejos.
Si hubiera podido elegir habría ido a por la viola de amore que me ofrecían en e-bay, pero que tampoco me fio de adquirir por internet por miedo a tangazo.
He encontrado un taller por la web, un taller desvencijado de principios del s. XX en el mismo corazón de la ciudad de los rascacielos donde se hacen cargo de repararme la cámara de cine de 1950 que adquirió mi padre en Londres aquél año tan meridiano, y aquí me he presentado aparato en ristre.
Me aterra realizar estos viajes tan impulsivos, mas esta vez la ocasión lo merecía.
No venía aquí desde 1987 en un viaje relámpago de finde en que el fliscornista Danny Daymler – uso seudónimo - me rogó que le acompañara, con el único fin de recoger de su casa un Real Book para mi, en tono natural, ya que los que utilizaba para trompeta o fliscorno estaban en B flat o en B a secas. Daba la coincidencia que su novia se llamaba Reykio también, quizá se escribiera Reyco pero se pronunciaba Reykio.
Apenas conocerlo en Helmancia me llevó con él de bolo. Sólo tocaba él, ante más de 200 japonesas de la Escuela Oficial de Idiomas. Magno sonido de la trompeta en diestras manos. Alucinante. Silencio absoluto de toda la colonia nipona .
Los otros tres españoles que estábamos presentes nos mirábamos fumando un cigarro tras otro y echando nuestras miserables cenizas en la sordina plateada mate del americano. Ya hay que ser garrulos.
Hicimos un viaje con sigilo tanto para que no se enterara Reykyo como por el miedo existente en aquellas fechas a tener un Real Book, recién encarcelados que estaban sus editores por tamaño atentado contra los derechos de autor.
Venir aquí es como viajar a ninguna parte. Huele a guiso de codillo por todos lados.
Con ajo, con curry, con cebollas, con aspitos, con risketos, puajjj… Estoy estomagado.
Por fin llego al inmueble donde al parecer debe estar el atelier del viejo cameraman .
Lo que me faltaba pal duro.
Hay un cartelón que pone “For sale” las ventanas están cerradas a cal y canto.
Que mal estoy de inglés. No entiendo que pone debajo, estoy por preguntar a un latino que viene por la acera.
¿y si es malayo y lo lío? Dejemos tranquilo al hombre. Apunto un número largísimo que parece el que te piden raspar y calcar en la ITV. También aparece una palabra: Cody, que también apunto en la agenda del móvil. Y por último, entre paréntesis pone Minnesota.
La desolación me invade.
Necesito tener la cámara preparada para diciembre, pues el montaje definitivo de los exteriores de Peñarroya-Pueblonuevo no espera, y las heladas pueden zaherirle los circuitos.
Busco un ciberbar desde donde indagar en busca de más datos.
No veo ninguno.
Corro tras el malayo.
-“excuse-me, plis, where ist Minnesota…? In the far west, in the middle east, in the soud..??
Solo percibo un labio leporino que tuerce la mueca para gritarme:
-“Váte fer futre.., le cochon.!!”
Cóño dice éste. Parece gabacho, pero de alguna ex-colonia .
-Pero, oiga, mesié, pardon.. je,m suis perdu a la cité… je cherche only a zibor-café. !!!!
(De repente me acordé de la canción esa de Ohhh luca lonly lonli pípol..!!! que creo cantaban Cafrune y Marito en la Barra Mimi..
-“Oh, la la la lá… Váte fer futre.., le cochon.!!
Je te connais… que tu sortes in de téibol of yambóm. – parecióme captarle en tono gruñón.
A estas alturas del periplo no he sacado nada en claro.
Ya me estoy acongojando y viéndome de nuevo en la aduana registrándome el juguetito hasta sus más recónditas oquedades.
Directamente marco el número anotado.
Mierda de móvil, se atranca de tánto megapíxel acumulado.
Voy a una cabina.
No tengo ná suelto.
Me tomo ahora un aguardiente de alcahuetes pa que me cambien
El tío no se fía.
Pasa una y otra vez el puto billete de cinco dólares por un escanner con luz ultravioleta que suavemente me está destrozando las pupilas.
Miro hacia otro lado.
Apuro el bagazo.
Puajj..está calentorro.
El tipo se cobra, la vuelta me da, me coge de un hombro. Me dice:
-“Ven pacá.”
Me enseña su hangar. Hay una avioneta. Una Sky-2 C-25 bimotor.
Después de echar la pota ya vuelo hacia Minnesota.


II

Antes de buscar pensión busco un ziborbar, necesito comunicarme gráficamente con España y Portugal por asuntos propios. Aquí no hay de eso. Estarán pasados de moda.
Mismamente en mi calle hay dos locales de estos cerrados.
El alojamiento es de mala muerte. Chinches y garrapatas como bolindres de barro.
Doy la vuelta al colchón por si hubiera algún fajo de dólares escondido.
Me tumbo.
He de ejercitar mi inglés macarrónico. Qué mejor tarea para esta primera noche americana. Abro cuidadosamente el maletín. Ordeno la brocha, la navaja y la colonia en el romi. El cepillo y la pasta de dientes en un vaso de zinc.
La portera me dijo en el vestíbulo que me daba un número para que vinieran visitadoras a domicilio. Qué no, le digo, que me aturrullo, que ya tengo uno. Ahora reentreveo sus bellos muslos.
Un ventilador, su sombra, una ventana que da al cementerio.
Llaman a la puerta.
La portera me trae un mensaje sin acolchar.
Está en ingles. No lo entiendo.
Lo reenvía Euladislav Apollinaire.
¿Querrá una cita?
¿Estará en los USA?
Bien que hubíesemos podido quedar en el Central Park y no aquí en Minnesota, donde al parecer en un lago es donde tengo que dar la nota.

La espiral a ello incita.
Léolo a la ligera.
Leolo también es flin.


Tomo la stylus y escribo:







Preludio para la fauna de un sieso

---i,m sorry: METO AKÍ LA TIJERA, ...mejor así
Corpus delictis:

Boceras 1. Com. cabbage. Large mouths, talker. 2. Inopportune person.
 does not change in plural.

Recetas cávicas:
Bend to boceras with melon
INGREDIENTS:1 bend put up to the hock 1 big melon bendecido for Benedicto 1 pigheaded one of garlics of which 2 carrots of clairvoyant puncture 1 puñalado ragpicker of peas put green 1 liter and ½ of sauce
PRODUCTION(ELABORATION):
One put the bend up to the height of the armpit.
To boil until it is that desempañar the glasses To shout 1 Hail Mary and 3 padrenuestros To puncture up to touching bone and to gobbling.

Specification sheet of Introit Title(Degree) Entered(Approached): BILL CODY Spanish Traduction: vile Bend


Totá, que he estao una miajina indigesto con este asunto codillaico

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Milagrosamente aún no solo existe atracado en éste puerto el barco en el que hizo mi tio-bisa Juan Bautista sino que sigue haciendo ésa ruta cada equis años como homenaje a aquella épica travesía.
Hablo con el contramaestre y acepta que viaje con ellos a Europa con una sola condición. Que el viaje lo realice atado a un cabo recitando una y otra vez este introito bilingüe debajo del abua.


La vieja cámara al detalle:



http://photo.net/leica-rangefinders-forum/005Dj0


http://sarasinestatica.blogspot.com/2008_08_03_archive.html


http://www.jmbprofessionnel.org/archive-10-2006.html


http://www.espacioblog.com/elmontecristo2007


http://antoncastro.blogia.com/2007/enero.php




BIOGRAFÍA:

Esto lo meto porque viene en el único libro que hay en la pensión y me puede valer para
aprender a traducir.

http://www.biografiasyvidas.com/biografia/c/cody.htm

Bill Cody
(William Frederick Cody, llamado Buffalo Bill) Cazador y aventurero cuya vida ejemplifica la transposición de la realidad histórica del Oeste americano a la imagen mítica que nos ha transmitido el cine (Scott, Iowa, 1846 - Denver, Colorado, 1917). Empezó desde niño a trabajar en la frontera como carretero. A los 14 años ya cabalgaba para el servicio de correo Pony Express, realizando hazañas que le dieron renombre como jinete consumado. Durante la Guerra de Secesión (1861-65) se enroló en el ejército federal como explorador y combatió en un regimiento de caballería tanto contra los indios como contra los sudistas.
Su sobrenombre procede del trabajo que realizó en los años siguientes (1867-68), cazando búfalos en las praderas para abastecer de carne a los trabajadores que construían el ferrocarril hacia el Pacífico. Alcanzado ya un gran prestigio como jinete, tirador y conocedor del Oeste, Cody alternó en los años siguientes su trabajo para el ejército como explorador en las guerras contra los indios (1868-72 y 1876) con la actuación en una obra de teatro sobre la vida en las praderas.
En 1883 creó su propio espectáculo circense sobre el «Salvaje Oeste», al frente del cual recorrió América y Europa. Ello le permitió comprar un rancho en Nebraska y fundar la ciudad de Cody en Wyoming; pero en los últimos años de su vida se arruinó y desde 1913 tuvo que trabajar por cuenta ajena en espectáculos y películas del Oeste.


COLECCIÓN DE CÁMARAS DE CINE

Re: cine-kodak eight-55 camera

http://candidcamera.free.fr/MOVIE%20CAMERAS/movie_cameras.htm


https://www.kameradatenbank.de/kameras.php?nav=facetsearch&herst=Kodak&format=8%20mm







Estimados amigos:


Adjunto página revista FORO, del CCMM, donde se hace mención a la actuación de Bucéfalo en el Acueducto Rockmano de Mérida.

La escaneo en grande para que podáis ver la foto de J.M. Romero (Mane). Esta tarde la llevo al ensayo.
Hasta Cantarrana pues.

Saludos cordiales

Blas



Otros:
Pipa campurriana:



http://www.circulodelapipa.org/main.html



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Carta de mi primo Fernando Krauss a propósito de la Tabla:

8-OCT-08

Querido primo: he recibido tu invitación a la pag. web, (muchas gracias). Pero no puedo darme de alta sin antes tener un correo en google, estoy en ello.No obstante si que he entrado en tu pag, o mejor dicho en tus paginas, y he navegado por ellas viendo fotos y leyendo documentación, están muy bien, pero mis conocimientos en blogs es totalmente malo, pues es la primera vez que entro en algo así, hice un comentario de una publicación que hiciste pues no entendí nada. Pero también ley un cuento (El Menhir de Cuarzo) el cual esta muy bien, aunque la primera parte me suena (la escopeta de regalo) yo creo que no es un cuento, no se si con el resto pasa lo mismo o no, ya me contaras.Que tal tus hijas, espero que bien, da recuerdos a tu mujer.Nunca en mi vida he escrito tanto, hasta pronto tu primo Fernando.


Todo un ejemplo de honradez y sinceridad para con nuestra VIII Ars éste de suprimación.

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Dibujos animados:

Míticos en mi memoria son:

Fuera del tintero (Out of the Inkwell. 1921).

http://www.bloggermania.com/a/animaland.html

http://www.eictv.co.cu/miradas/index.php?option=com_content&task=view&id=403&Itemid=81

http://lanuez.blogspot.com/2007_02_01_archive.html

http://technorati.com/videos/youtube.com%2Fwatch%3Fv%3DhyetrAePLTA


Me encantaría hacer unos dibujos animados en homenaje a éstos, los llamaría “Fuera del tiesto”. En honor simultáneo a los patios de nuestros ancestros onde la caca servía realmente de abono.
La canción del inicio era flipante, mientras la gota salía y se animaba:

“Out of the inkwell..!!”


¿Qué he sacao en claro de tó esto?
Hay que serenarse y ponerlo en balanza
Sin miramientos.
Sin onanismo deshonesto
Lo weno de suprimo
No tó pa ná, vecino

Los amigos ya me huyen
Tirando por otras calles

Andan raudos con donaire
Por no parar un memento

Los introitos se acumulan
Lo indecible aún está virgen
La espuma de los dias pasa factura
Por escrito o por el buche.

Un ciprés bebe las ubres
De alguno de mis ancestros
a recoger sus semillas
iré dentro de un momento
Puestos así, desta guisa
Si non introito reviento

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Propongo llamar a la época transitoria godoya-maríllaca y próximas a ellas espacio-temporales de las cuales hay alguna documentación en ciernes y antigua sin datar como de género o épica codillaica.
Humor y amor en todo.


Ésta introito ma quedao una miajina larga.
Lo mismo lo meto para engordar la dichosa novela “Reloj de un sereno”, obra citada.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Glosamientos y trócolas de las crucetas de la transmisión de datos en “Reloj de un sereno”, obra citada.

































Los exiliados gabbaciènnes -

Mientras sucedía mi exilio dorado en los hielos árticos fragüé la idea de ambientar el relato en La Gabbaccia ( ver mapa 1)
Otra opción más cara para producción era la lejana Insula de Juana.(ver mapa 2 )
No fue tarea fácil recopilar tanta información para poder relatar el reencuentro con Euladislav en el Caviar Caspia de la capital de Gabbaccia. Solamente la factura del restaurante superó los 130.000 francos de los de entonces.
Las paredes y la puerta de mi cuarto familiar y muy posiblemente los muros del lar marillaico estaban forrados de ilustraciones de ésta revista. Había numerosos ejemplares, un pazo tocho de ellos, que se deshacían sólo de mirarlos.
Las enviaba desde el exilio gabbacienne mi tio-welo Tomás, que había sido ferroviario en Getafe.
El pasaje del relato minero del que se hace referencia cuando se habla de Almadén lo filmé hace 10 o 12 años en las minas de Peñarroya, aprovechando los viajes que hacía a Córdoba. ( Apoyo cinematográfico amateur que intentaré introducir más adelante como anexo a éste.
Con glosas espirales como ésta intento transmitir datos aléphicos que de otro modo pudieran entenderse como mera palabrería.
Éste globb nos permite sólo ser portadores eventuales de esa gran catarata de datos que es La Cavecania, entendida no como ars minor, sino como Arte Supremo.
Blog, glob, muchos ochos, esto es el VIII Arte.


Asunto Habbi Zhydd alias Ines Phabra:

Sent: Friday, November 07, 2008 1:06 PM
Subject: Re: Hola Javi

Cómo se despierta la memoria con los recuerdos de otro!! Cuando me has dicho lo de la comida, me he acordado de que ponía una especie de olla grande toda llena de carne. Nos poníamos ciegos. En Miajadas estuve dos veces, creo, una sustituyendo a Arche, y otra a Juan Luis, que estaba muy liao con los exámenes, o algo por el estilo.
También me he acordado de una vez que fuisteis a buscarme a un guateque. No ligué por vuestra culpa.
Lo del dedo se explica porque vosotros erais profesionales, mientras que para mí lo de salir a tocar era todo un acontecimiento. Me mantenía despierto y quería que tol mundo lo estuviera.
Gracias por lo de que era buen sustituto.
Un abrazo

El 23 de octubre de 2008 17:18, INES FABRA escribió:


Sent: Thursday, October 23, 2008 12:29 PM
Subject: Hola Javi

Así que te acuerdas de que toqué con vosotros? Hi, hi, hi. Yo creía que de eso sólo macordaba yo.

La memoria a veces nos juega malas pasadas, no obstante recuerdo que nos acompañastes alguna vez a Miajadas, a la discoteca "la palmera".Un de las veces tocamos allí con Albano y Romina P...Nos solían poner muy bien de comer y beber.
Me sorprendió en aquella época una costumbre que tenías cuando veníamos cansados de tocar: nos metías el dedo sucio en la boca, cuando ésta se nos abría irremediablemente, por el sueño. A veces, en un acto casi reflejo, las mandíbulas se dejaban caer apretándose contra sí mismas y contra el dedo inmundo.
Era una buena táctica para mantenerse en vela.
Tu eras un buen sustituto, hoy en día es muy frecuente hacer sustituciones, yo mísmo sustituyo en un grupo al bajista titular





domingo, 21 de septiembre de 2008

Recapitulando

Ante la valiosísima documentación que se agolpa en el blog, que ya tiene más de dos lunas, esta mañana he decidido hacer una copia de seguridad. La labor me parecía tediosa, pero no: he guardado los post del mes del  mes de julio y, claro, los he releído despacito, saboreando.

Y se me ha venido a la cabeza una conversación, de hace un par de años, con los compañeros de Zicután, mientras nos apretábamos una cerveza en espera del comienzo de un bolo. Es de todos sabido que uno de los temas de tertulia predilectos de los músicos es el de despellejar a otros músicos. Por ahí iban los tiros, con respecto a los Popes de nuestros anteriores grupos:

-Es que Olibrius se cree que es un genio y hay que estar a su servicio.

-Lo mismo le pasa a Olibrius.

Intervine raudo:

-Pues no sé de dónde se lo sacan. Yo conozco a un genio auténtico y no es sólo que esté por encima, es que es otro nivel.

Luego les di más detalles, que si el violín, que si la guitarra, la creatividad, el dibujo, ... No sé si los convencí. Lo cierto es que uno de ellos entró hace poco en La tabla del Jamón (ya me disculparéis que haya dado publicidad al asunto, bien que únicamente entre mis colegas más apreciados) y me llamó:

-Tenías razón con lo de tu amigo ése.


Esto es lo que yo recuerdo de la undécima cantiga, citada por Barrowghs en "Reloj de un sereno". Quizá el manubrio no sea el más apropiado para tocarla, pero da un airecillo medieval.

lunes, 25 de agosto de 2008

Cavellini - Cartas - Bibliotecavecamonía XXVIII - Correspondencia y Hemeroteca Cavecanemda



IV




De una morada fantasmagórica al tugurio sito en el terraplén de los gitanos. Mal

cimentado sobre lo que fuera un taller de vidrio romano. Tórrida zona de Sol

omnipresente que funde las piedras y licúa las brevas. Sólo es soportable de

madrugada, con la brisa de los meandros de Don Álvaro y si viene una nube de

olor a colines y molletes de Otero.

El fontanero me ha dejado tirado como una puta colilla, a sabiendas que los

albañiles de garnacha a las tres de la tarde han taladrado la arqueta:

-“Tráeme una resilla, que la vamos a poner aquí provisional”, me ordena el

maestro.

Le acerco la carretilla con el cemento y el ladrillo al tiempo que ruge:

_”¡Ésa no, pelúo atontao; aprovecha las que están rotas...¡. Acércame, si no, un

azulejo”, mientras acelera el estruendoso martillo neumático.

Voy en bicicleta en un santiamén a casa para recoger un surtido de azulejos

floridos que tampoco satisfacen al albañil. Abandona el taladro en la cañería,

rebusca en la C-15 encontrando por fin un par de losetas de gres.

Tanto ajetreo para que no llegue a tiempo y en su lugar haga aparición por el

boquete la primera pareja de ratas.



Las cartas enviadas desde Brescia por Guiuglielmo Achile Cavellini eran

verdaderos sobres sorpresa. Con la foto que me ha enviado subido en una

motoreta acorazada pintada verdiblanca estoy sobreimpresionado. Jamás llegué a

conocerlo en persona. Cuando llegué a Venecia sus pegatinas estaban por todas

partes. Él, se denominaba pintor “historicista”, vocablo que inventó para abogar

por el reconocimiento en vida de los pintores. De los sobres salían fotografías,

postales, libros de familia lujuriosamente trucados en preciosas ediciones.

Cierta vez, recibí una misiva con pegatina adjunta en la que dibujaba, en blanco

sobre rojo, una vaca despiezada y en cuyos fragmentos situaba a diversos

pintores. Mi nombre lo situó en el frontispicio del animal.

Me llaman Luigi en un pueblo castellano, de adustos y cejijuntos brujos

zamoranos, y lo más que poseo es una ristra de ajos galardonada en la feria de

las Tres Cruces.


(…)


De “Reloj de un sereno” - Obra citada – BBBlaki – Artkeo Atrivm Editions






































sábado, 23 de agosto de 2008

Reloj de un sereno - Novela - BBBlaki - Artkeo Atrivm Editions







El reloj del sereno. Décadas cubierto de polvo espeso en la esquina más

septentrional de la trastienda. En el altillo ulterior junto a un mohoso estuche que

contiene otra antigualla: una precisa máquina de pivotar francesa decimonónica.

Uñas al guarro:

Abramos la funda del reloj blindado. Es de cuero gordo y rígido y semejante a una

cantimplora que llevara cualquier soldado extraviado de la guerra del catorce.

Encajamos en una de las tres cerraduras la orejuda llave y donde esperábamos

ver un sofisticado mecanismo de ruedas dentadas y muelles espirales hay

cartones, papeles de calcar morados, azules cobalto y negros.

Adosados a este mazacote blindado cohabita otro hatillo de papeles amarillentos

circulares, numerados en dos círculos concéntricos señalados con picaduras en

las casillas extremas.

Estos cartones nos cantarán el bingo de esta historia, aclarando el recorrido

geográfico del relato en los agujeros del papel, como en los grabados

calcográficos al revelar la hora, el minuto y el lugar de cada hecho narrado.

Prueba documental infalible pues hay una llave que corresponde a una cerradura.

La imagen desdoblada de este grabado y la impronta del

monotipo.


El reparto, los personajes:

En el polígono Carrión, en un predio alambrado, justo al pie de los restos de los

muros del cortijo, he dejado caer los laminadores. Dos estructuras muy sólidas de

hierro y acero cortén abandonadas a su suerte. Las perderé. El primero que pase

las subirá a trancas y barrancas a un remolque y se las venderá al Culebra o a

Fumanchú en la chatarrería.

Ya las añoro; llevan dos días a la intemperie y me muero de pena. Iré a verlas esta

tarde, si es que aún estuvieran allí, tiradas. Pesan un quintal, pero las elevaré

como un Sansonito sobre la tierra, las embadurnaré de aceite de la cooperativa de

Guareña. Voy a vestirlas con sacos de plástico y momificadas esperarán a que

abra el nuevo taller de orfebrería donde tendrán su espacio y suelo firme a

perpetuidad. Junto a los centenarios yunques y la vieja prensa de estampar.



A poco de levantar los primeros ripios y arrastraslos hacia la bolsa negra de

basura comunitaria los guantes se habían hecho trizas.

Oxidados y enmohecidos sobresalían en un volcán polvoriento de yeso, cemento y

zotal los estribos y bozales de la yeguada de Ramón Escoriza, alias “Rufo”.

Alisando con las palmas al nivel de los años en que Villamargarita estaba

habitada, los surcos fosilizados en barro caleño de las ruedas de la Serré, un

cochecito a tracción de dos caballos blancos con las crines emplumadas, se

ahondan junto a las palmeras datileras.

Un aire fresco de la Sierra de Arroyo esparce el hedor proveniente del pozo

cegado orientado hacia Calamonte.

Aún aguantan la acacia y la higuera en el árido páramo pendiente de expropiación

forzosa a causa de la autovía. Florecen los chumbos donde vienen a morir los

mastines.


Me propuse ahondar en tierra virgen con mejores utensilios y la certeza de que

hallaría algún documento u objeto que justificase ante los pocos vecinos

colindantes mi presencia en aquellas ruinas de cortijo cada crepúsculo. Alarmados

los perros, la silueta del campesino saliendo del silo se recorta nítidamente ante la

cantera de Carija.

Mi anhelo es hallar el mapa de hule amarillento de un tesoro ya encontrado hace

milenios vuelto a trazar cada siglo con otra tinta. La ubicación del cortijo está en la

misma intersección de todos los caminos, en el eje de la rosa de los vientos.

Aupado en la mampostería, mirando hacia la Meca de Almería diviso a Ramón

“Rufo” galopando junto a la reala de galgos sobre los viñedos de Tierra de Barros

con su coraza de esparto. Mejor vista tendré aupado a las colinas de espliego de

Torremegía.

En suelas y espuelas de Rufo viajan como polizones las semillas de Oriente,

Polinizando las vides a su paso, al trote y al galope.


Tras un somero bosquejo de su villa natal, Velefique, en la sierra almeriense de

los Filabres, Antonio Martínez añade notas en su libro manuscrito:

“El esparto constituye una de las mayores riquezas... (para los contratistas),

siendo esta región “la tierra por excelencia del tomillo y del esparto” y por ende,

“del hambre y la miseria”, como lo demuestran de uno u otro modo infinidad de

cantares y refranes como estos:

Cantar:

En la tierra que hay tomillo,

atochón y mucho esparto,

ninguno muere de ahíto
ni de pan se verán hartos


(...)

martes, 29 de julio de 2008

El menhir de cuarzo - Cuento atlántico - BBBlaki - Artkeo Atrivm Editions




A duras penas consiguió salir del auto. Un Saab verde picoleto tipo escarabajo del 69.

Por entonces Dioclón ya estaba como una foca y su padre le llevaba de perrillo

acompañante en las cacerías de tórtolas donde se aburría soberanamente. Quizá lo único

bueno para él eran esas caminatas por las dehesas donde se sudaban por los cuatro

costados las migas con sardinas del amanecer y las paradas para beber del pellejo de

vino y que él aprovechaba para recoger del suelo castañas y bellotas y así recuperar las

energías perdidas.

Ya parapetados en el puesto de caza, a la espera de los gritos, aullidos y caceroladas de

los batidores, tenía que permanecer en absoluto silencio y en cuclillas, pues sólo había

una silla plegable de pinchar en el suelo y ésa era para el tirador.

De vuelta para el cortijo al atardecer con los tímpanos reventados, Dioclón tenía que

cargar todo modorro con los cartuchos, las cananas, el puesto y la maldita silla de pico

plegable que se desplegaba cuando quería y se clavaba en la espalda, a traición.

Si se encontraban con otros cazadores y había alguna pieza moribunda enseguida le

enseñaban a retorcerle con maestría el pescuezo para que no sufriera más la pobre

palomita.

Si era un conejo o una liebre se daba un golpe de kárate. Y por último la exposición y el

sorteo de los cadáveres como si aquello fuera una lonja.

Estaba tan grueso que se quedaba encajado en el coche. Quizá comer tanta tórtola y

perdiz le hacía un gordo infeliz.

-“¡Niño, a ver...! ¿tú qué vas a querer: chocolate o lomo?” bromeaba uno de La Nava con

él, a la vez que destapaba una tartera repleta de tortilla y jugosos filetes empanados.

-“ ¡Chocolomo!, se apresuró a contestar como lo hubiera hecho cualquier perrito hermoso

de la provincia de Badajoz en pleno aquelarre merendil.

Todo aquél largo y tormentoso día desde las cinco de la madrugada había sido su

cumpleaños y encajado entre la palanca de cambios y el salpicadero oyó de su padre las

mágicas palabras:

-“Felicidades, hijo”, al tiempo que le besaba y le daba una docena de tirones de oreja. Se

esparcía en el habitáculo un poderoso olor a sangre de liebre y a montuno.

Apagó el motor y tomó del asiento trasero un paquete rectangular alargado en vuelto en

papel de estraza duro de color marrón claro y se lo entregó.

Permaneció unos instantes embobado observando las fogatas próximas al terraplén del

río Guadiana y los autobuses de los portugueses aparcados en redondel.

El tiovivo ya estaba apagado y entre los caballitos se adivinaba la luna menguante.

Esperaba abrir la caja y encontrarse al fin con el violín al que tantas veces había ido a

visitar en tren a Almendralejo engatusando a los amiguetes con recorrer mundo y pegar

las narices en el escaparate de la tienda de música.

-“Felicidades”, repitió su padre, “esto es algo que todo joven desearía tener, y, ya que

cumples doce,aquí tienes el regalo más adecuado: Una Beretta del doce”.

Las lágrimas se deslizaron como gotas de mercurio por sus prominentes carrillos.

Ahora aparecían mil hogueras centelleantes.

La luna menguante se doblaba en el espejo del río. Mi padre apesadumbrado bajó los

párpados y torció el cuello hacia su ventana. Tomó el arma suavemente y acarició la

impoluta culata de cedro una y otra vez. Detuvo sus dedos en los relieves grabados al

buril de las placas de acero próximas al gatillo y le miró fijamente.

-“Esto es una maravilla italiana. Un prodigio de escopeta. ¿Es que no te gusta?

¿Preferirías una repetidora, o acaso un Winchester?, le interrogaba desesperado.

Ya no se apreciaba ninguna fogata y menos aún el redondel de autobuses. Un nubarrón

ocultó la luna del parabrisas.

Gimoteando balbuceó a duras penas:

-“Tu sabes de sobra que lo que quiero es un instrumento sólo de madera y un arco.

Odio disparar, y más aún matar a los animalitos. Quédate para ti esa Beretta. ¿Para qué

la querría?, le reprochó.

-“Eres un pusilánime”, sentenció definitivamente saliendo del coche dando un portazo.

Permaneció encajado en el Saab verde durante un cuarto de hora más, pero con la

certeza absoluta de que en el próximo cumple tendría su adorado fetiche.

También supo que jamás volvería a ir con él de tórtolas. Para quemar las naves, y como

despedida de su desafección a la caza, asintió en ir de montería a unas sierras cercanas a

Castelo Branco.

Fueron tres días llenos de aventuras que marcaron para siempre su vida al conocer

a Pelinho, el hijo de la guardesa de la finca y perrillo ocasional como él.

No sé si fue a mala idea, pero al poco de nacer frente al manicomio de Mérida se les

ocurrió a sus progenitores bautizarle con el sonoro nombre de Dioclón.

A los pocos meses sus padres comenzaron a servir como mayordomo y cocinera para

unos marqueses que habitaban una casa que estaba adosada al templo de Diana.

El marqués sufría gota y el rechineo de la sangre acristalada de su pierna sonaba por

toda la casa, cuando no sus aullidos y el crujir de jarrones y porcelanas rotas

cuando le daban los perrengues. Aquello parecía una boda griega.

Una mañana de invierno que caía granizo la casa se inundó de mujeres de negro llorando

con ramos de flores. El marqués había muerto. Tras los funerales la marquesa marchó a

Gerona para no volver jamás.

Se supo años más tarde que desapareció un día de fuerte marejada junto con un

financiero parisino cuando navegaban por el Mediterráneo.

Pero hasta que sucediera esto, su madre había alumbrado a su hermana Lidia bajo la

segunda hilera de columnas gigantescas de granito unidas a las paredes. Llevaban más

de siete años sin los marqueses.


Pelinho Pitusirgu vio el mundo en un chozo de pastores a mitad de la cañada que sube

desde Évora a los cromeleques prehistóricos. El azar hizo que tras emigrar su padre a

Suiza o a Suecia, ni él mismo sabía a donde lo enviaban, su madre se puso a servir en un

caserón frente al templo, llevándose consigo al pequeño Pelinho con apenas tres años.

No volvió sino tras casi treinta años después totalmente pelado de divisas pero luciendo

un Mercedes diesel descapotable.

El destartalado caserón hacía esquina con otra travesía empedrada con una pendiente

muy pronunciada. A esta calle daba la habitación asignada al servicio, pero asomando el

pescuezo a la reja, Pelinho veía las columnas corintias y a Venus y la luna sobre ellas.

Miraba los astros que como un reloj invertido circunvalaban el cielo y se imaginaba a sí

mismo de bebé despanzurrado boca arriba en las calurosas noches de verano mientras

sus padres, hombro con hombro, le susurraban un canto alentejano.

Haber nacido en la proximidad de los cromeleques entre amanitas cesáresas con todo el

cielo abierto le hizo familiarizarse con las estrellas.

Pertenecía la casa a un viejo almirante que pasaba más tiempo en Porto Covo, con otros

viejos marinos que en ella.

Tiempo atrás permanecía largas temporadas para reponerse de la malaria, la tisis

u otras raras infecciones que cogía en inmundos puertos de África, Brasil o Asia. Tras

estas crisis el caserón rezumaba felicidad por todos los rincones.

Cada año el almirante Liria llegaba delirando por cualquier fiebre extraña y cuidado por

nativos esquimales, indonesios o chamanes de la Patagonia.

A la mínima mejoría los llevaba a conocer los cromeleques en plena noche y emplazaba a

cada uno a subirse a las ciclópeas piedras y a aullar o susurrar conjuros y cánticos al

cielo mientras él se situaba en el centro del circulo que aquellos formaban pertrechado

con un sextante en la mano y un pico y una pala colgados en la espalda.

Mientras los indígenas vociferaban, él medía las distancias de las estrellas y los planetas

de un lado a otro de la eclíptica y del ecuador, daba pasos hacia atrás,

volvía sobre sus pasos, giraba a la izquierda y avanzaba varios pasos. Continuaba su

baile geométrico hasta que exhausto exclamaba:

-“Es aquí. Venid todos, creo que esta aquí debajo”, señalando el trozo de tierra que tenia

bajo sus pies.

Comenzó a cavar con ímpetu, mientras los demás le observaban con sorpresa. Un joven

liberiano que hizo el amago de coger la pala para mover la tierra amontonada fue

reprendido severamente por el marino.

-“¡Quieto, insensato! Toda esta tierra es sagrada y, si este no fuera el lugar, cada grano

de arena debe volver al sitio exacto donde ha yacido durante milenios.

Prosiguió excavando él sólo y al llegar a una profundidad de dos metros subió de la

trinchera y comenzó a depositar cuidadosamente con la pala toda la arena.

-“Vámonos”, dijo, sacudiéndose las manos, “lo que necesitamos ahora es un buen

desayuno”. Los nativos subieron al remolque mientras despuntaban las primeras luces del

alba. El almirante arrancó el tractor y siguiendo la cañada alcanzó su casa junto al templo.

Todos comían del caldero de frijones con almejas y escuchaban la concertina que el

almirante sacaba del baúl con la que interpretaba valses dulzones poniendo fin a las

jornadas de insomnio.

Todos los campesinos, entre los que se encontraban los padres de Pelinho, veían primero

con extrañeza y posteriormente con cariño y agrado aquellas excursiones multiétnicas al

cerro de los dólmenes.

Los vecinos comenzaron a intimidar con los nuevos inquilinos, bien fueran a buscar un

remedio indio para las migrañas, tejidos y bordados artesanales andinos o recetas de

cocina china.

Llegó de su último gran viaje moribundo con medio cuerpo engangrenado lo que supuso

el principio del fin de aquellos años babélicos y multirraciales. Al almirante le amputaron el

brazo y la pierna derecha y terminaron para siempre las mágicas excursiones.

Poco a poco la casa quedó vacía. Ya nadie soportaba el continuo mal humor y las

irracionales órdenes del retirado almirante Liria, sólo ocupado en vaciar botellas de bagazo

y ron y llenarlas con barquitos de madera que en pleno delirio estrellaba contra los

muebles holandeses.

Al hacerse cargo del cuidado del enfermo y de la casa la madre de Pelinho encontró un

panorama desolador. Todo el suelo alfombrado de cristales y barquitos rotos. Habían

desaparecido los bellos muebles holandeses, los sacos de especias orientales, las largas

ristras de salazones, la colección de relojes de pared del siglo XVII y hasta las macetas

de plantas exóticas que con tanto esmero regaban los gemelos de Recife cada noche de

luna llena tras danzar su copoeira.

El palacete saqueado y el almirante postrado en la hamaca vomitando órdenes a los

gatos y perros callejeros que campaban a sus anchas por los salones deslucidos.

Hubiese preferido seguir en el chozo con su suelo empedrado con cemento, su jardín de

cañaverales y la alberca comunitaria de los nenúfares y las libélulas que

aquella solemne pocilga que olía a éter y a orín, mas había que alimentar a la criatura y

para ello comenzó por limpiar a fondo la habitación que le había asignado el envejecido

almirante. La que daba a la travesía rampante.


En la montería de Tras-os-Montes se cruzaron los caminos los adolescentes Pelinho

Pitusirgu, hecho un fideo escuchimizado, y Dioclón de la Hoz, gordito relleno rosáceo.

Dioclón, a estrenar la escopeta del doce, aunque sólo lo hiciera para agradar a su padre y

con la intención de probarla exclusivamente sobre latas de conserva vaciadas previamente

por él mismo. Pelinho, porque acompañaba al nutrido grupo de batidores y entre otras

faenas era el encargado de cuidar que no se desbandaran los mastines y los fox-terriers.

Ya bien iniciada la cacería, bajo el chaparro y las retamas que conformaban el puesto

camuflado Dioclón oyó un grito que no era como el de los batidores, sonaba desgarrado y

quejumbroso y parecía proceder de una mojonera con alcornoques secos que habíamos

dejado atrás. También lo percibieron los batidores. Hubo un silencio sepulcral que duró

unos largos segundos y al momento se oyeron los gritos de socorro entrecortados.

Dioclón no se lo pensó dos veces, soltó la Beretta y corrió hacia la mojonera con toda la

velocidad que la inercia daba a su voluminoso cuerpo, sorteando pedruscos y sembrados.

Los mismos gritos habían inquietado al moreno y espigado Pelinho que tras atar a los

perros a una encina corrió como un venado hacia el lugar dos cerros más allá de donde

batían.

Cuando llegó a la mojonera vio que Dioclón tiraba de los brazos de un joven cazador que

se había hundido en una ciénaga de barro caleño seca y cuarteada en la superficie.

Ahora quien gritaba era Dioclón que al tirar del hombre se hundía también. Pelinho se

quitó el cinturón y los pantalones, los anudó y los lanzó por encima de una rama principal

del alcornoque seco, soportando el peso de la cadena humana hasta que llegaron más

batidores y cazadores a socorrer a los tres.

Pasado el susto todos caminaron hacia el cortijo sin ciervos ni jabalíes, pero contentos

por una heroicidad de la que ni Pelinho ni Dioclón eran conscientes.

Una vez en el cortijo y enterada su madre de lo ocurrido preparó ésta en el

horno un enorme pastel de perdiz adornado con huevo hilado que batidores y cazadores

degustaron, poniendo en común sus tarteras y destapando los corchos de varias garrofas

de arroba de vino.

Pelinho y Dioclón tomaron un puñado de huevo hilado en una mano y un trozo de lomo

en la otra y salieron a ver los coches de los cazadores, a mirar los cuentakilómetros a ver

cual era el más veloz o a manosear las mascotas metálicas de los capots: las victorias

aladas, los relucientes impalas, los jaguares, los dos caballos...

Alguien no había cerrado la ventana de un Peugeot y allí encendieron el habano que les

había dado el padre del accidentado tirador.

Comenzó a llover y Dioclón y Pelinho subieron al auto a los asientos delanteros de hule

color crema. Entre calada y calada de puro, Dioclón preguntaba en castellano

nerviosamente y Pelinho se esforzaba en contestarle lentamente en portugués para que

aquel le entendiera.

-“Deves- tu falar mais lento, muito mais calmo...”, le indicaba cada vez que el español se

aceleraba.

Pelinho había ocupado el asiento del conductor y movía el volante jugando a conducir.

Dioclón reclinó el asiento del copiloto exhalando roscas de humo en dirección a la ventana

entreabierta.

El portugués fantaseaba con los pedales y la palanca de los cambios. Tanteó bajo el

salpicadero percatándose de que estaban las llaves puestas. Arrancó el motor con la

marcha atrás metida y el pobre Dioclón se estampó contra el parabrisas primero y se

encajó entre el salpicadero y el asiento después. Pelinho tiró del freno de mano y apagó

el motor. Dioclón lanzó por la ventana el puro que estaba agujereando el asiento y le

rugió:

-“Pero...¿Estas loco, o qué? ¡No me has matado de puro milagro!, ¡vámonos de aquí!

-“Calma, Dioclón tem calma...Le respondió el batidor arrancando de nuevo el vehículo,

pero esta vez en punto muerto. Ambos se miraron y rieron a carcajadas. Sin pensárselo

dos veces Pelinho se dirigió conduciendo hasta la puerta trasera del cortijo. Dejó el motor

encendido y bajó rápidamente del auto. Recogió un zurrón y una talega con pan y queso

y subió de nuevo al Peugeot burdeos.

La tromba de agua caía con más potencia. Dioclón hurgó en la talega y pellizcó un cacho

de queso sin pan, para no abusar. Pelinho aceleró y encendió las luces para recorrer el

túnel de abetos y pinos que daba entrada a la finca. Pelinho veía a través del retrovisor y

de la lluvia cómo se empequeñecían y se alejaban las pocas luces del cortijo.

A Dioclón le daba tres cuartos de lo mismo quedarse sin su Beretta.

Atravesando dehesas y sembrados, caminos de tierra y veredas empedradas, salieron a la

carretera general. En el cruce dudaron si tomar la carretera para Elvas o para Évora

decantándose ambos por ésta última.

Dioclón puso la radio y un cantante de moda cantaba:

“Oh Elvas, Oh Elvas, Badajoz a vista

eu so contrabandista de amor e saudade

eu porto no peito a minha verdade..”

Comenzaron a radiar un partido de fútbol, y tras cambiar el dial varias veces y no

encontrar nada interesante, Dioclón la apagó. A pocos metros de una gasolinera Pelinho

detuvo el coche en un camino . Continuó a pie hasta la estación donde rebuscó dos latas

que llenó de gasóleo y volvió para vaciarlas en el depósito.

Sacó de la talega un trozo de queso y otro de pan y Dioclón farfulló:

-“¡Joder con el queso...! ¿Es que no has traído nada más? ¡Estoy lampando de hambre!

-“Caminhante de pâo mole hoje y queijo quente amanhá ...” canturreó el portugués,

lanzando el vehículo rumbo a la ciudad amurallada.

Durante el trayecto relató al hambriento Dioclón algunos episodios de la vida y aventuras

del enigmático almirante Liria que había oído de labios de su madre o de las sastras que

venían a cortar y pespuntear la ropa del lisiado, al cual había visto de pascuas a ramos,

en las contadísimas ocasiones que venía de jugar la partida de Sines o de Porto Covo

donde permanecía la mayor parte de su tiempo en estado ebrio.

La tormenta había cesado. Un cartel de la carretera indicaba que habían

llegado a un pueblo llamado Azaruja. Sintió Dioclón un miedo ancestral al pronunciar ese

nombre y paró de rebuscar en el fondo de la talega los restos en polvo de algún polvorón

o mantecado. Pelinho frenó en seco y apagó las luces justo al final del pueblo, justo

frente al cementerio, cediendo el volante a su compañero que literalmente se había

cagado las patas abajo.

Volvió a sentir Dioclón el mismo bochorno que cuando su padre le regaló la escopeta, los

mismos escalofríos y la misma sudorina solo que un poco más sucio.

En ese único momento de su vida hubiera preferido tener a mano la Beretta, la repetidora

o la superpuesta y haberse liado a tiros con una liebre, con un conejo

o con cualquier fantasma o bicho que volara antes que a aquella talega vacía. “A más

miedo, más hambruna” que pensaría el zampabollos.

-“Precisas um burgulho, mais agora deves-tu conducir la carrinha”, animó a Dioclón y

prosiguió:

-“Olha a estrada e no adiantes a ninguem, tem muita calma” . Pelinho rebuscó en el

zurrón que no se había descolgado desde que saliera del cortijo y extrajo de él un juego

de llaves oxidadas.

Con una amplia sonrisa las mostró a su compañero para que se enterara de que estaban

salvados.

Lo poco que Dioclón alcanzaba a otear entrando al volante en la ciudad no hacía sino

recordarle a su pueblo.

La visión de las murallas le ayudaba a vencer el miedo y las señas que le hacía Pelinho

con medio cuerpo fuera del vehículo le envalentonaban:

-“ A dereita. Bem. Agora a esquerda. Muito bem. Uma mais a esquerda. Recto. Todo bem”

Llegaron por calles angostas a una plaza grande donde había tres taxis y algunos metros

más allá de éstos aparcaron el Peugeot no sin antes dar dos vueltas y esperar a que

quien parecía un sereno entrara en una taberna aún abierta.

Salieron del auto y subieron la calle empedrada con más pendiente apenas iluminada por

una bombilla amarilla y temblorosa. Llegaron a otra calleja todavía más lúgubre bajo la

tormenta que arreciaba. Pelinho detuvo la marcha y agarrando la reja de una

ventana y señalando con la otra las nubes que viajaban veloces entre los rayos le señaló

a Dioclón dónde pasó toda su infancia y hacia dónde miraba siempre desde la ventana del

palacete.

Pelinho avanzó unos metros hasta doblar la esquina. Dioclón no apartaba la vista de la

cortina de nubes espesas, observando maravillado cómo iban apareciendo las cornisas,

los capiteles y los largos fustes del templo de la diosa cazadora.

Un silencio pétreo envolvía las calles empedradas, sólo roto por los maullidos y ladridos

de una pesecución animal.

El firmamento volvía a despejarse. La constelación de Orión presidía el cenit.

Subidos ambos al umbral de mármol del caserón permanecieron largos minutos en

silencio. Ahora roto por el silbido y el traqueteo lejano del ferrocarril.

Tanteó de nuevo Pelinho el fondo del zurrón de pellejo de cabra blanca y apretando con

fuerza el manojo de llaves volvió a mostrárselo al español. Los corazones de ambos

emitían fuertes latidos que resonaban a compás. Por fin, el portugués introdujo la llave

oxidada en la cerradura, y tras varios intentos se oyó que corría chirriante el aldabón

desde el interior.

El portalón estaba hinchado y atascado fue preciso que Dioclón le diera un buen culetazo

para que se abriera. Ya estaban dentro del zaguán. Ya se preparaba el gordito para

empujar la puerta de cristales ambarinos y derribarla cuando el flaco precipitó otra llave en

la nueva cerradura abriendo esta vez sin dificultad.

A tientas recorrieron la primera habitación en una oscuridad casi total que sólo salvaba el

débil haz de luz de las constelaciones.

A trancas y barrancas pudieron abrir las contraventanas atascadas y elevar las persianas

hasta la mitad. Se tumbaron ante ella sobre el viejo suelo de parqué. Pelinho se

puso como almohada el zurrón. Dioclón acomodó su cogote sobre la talega del queso.

Ambos exhaustos, cayeron en los brazos de Morfeo. La habitación se llenó de ronquidos y

las nubes espesas descargaron sobre la vieja casa toda el agua que contenían. El gato

del templo había conseguido zafarse del perro perseguidor.

Pese a que el joven Pelinho había pasado prácticamente toda su infancia en la mansión,

no la conocía entera ya que su madre le regañaba severamente si le pillaba toqueteando

alguno de los pocos y raros objetos que aún le quedaban al siempre ausente almirante.

Nada más despertarse, los adolescentes se dirigieron a la cocina y arramplaron con una

lata grande de caballa de la alacena sin entretenerse a mirar la fecha de caducidad,

devorándola sin contemplaciones.

Habían pasado ya tres años desde que la madre cerrara definitivamente el portalón

porque el viejo marino no daba señales de vida y el olor a bacalao y otros salazones

todavía perduraba en la despensa. Empachados de caballa en escabeche fueron

abriendo una a una todas las ventanas.

Cuando Dioclón elevaba la persiana de la que fue la habitación de los Pitusirgu, pasaba

por la calleja un campesino de rostro surcado y renegrido con su yunta que le saludó con

un enorme bostezo:

-“Bom dia. Asim desperezam-se os galgos”, y siguió calle abajo con los bueyes. El

español asintió sin decir palabra, no fuera a meter la pata. Se alejó de la ventana y

cuando curioseaba entre los viejos libros del anaquel dos mujeres enlutadas pararon

frente a la reja.

-“Olha, Susana. Já voltou o marinheiro”, le dijo una a otra que se atusaba el moño.

Dioclón se asustó tanto que perdió el equilibrio y cayeron todos los libros de la estantería.

Pelinho , que se encontraba en el desván, llamó a su amigo para que viniera enseguida.

Dioclón subió jadeante a la segunda planta y a través de una escalera de caracol accedió

al polvoriento trastero.

Pelinho hacía sonar el manojo de llaves como si fuera un campanillo mientras su amigo lo

observaba con la lengua fuera.

Otra vez ante una cerradura. Ahora el baúl del almirante. Las ratas arañaban las tuberías

y huían por los canalones de cinc. Toda la superficie del baúl estaba blanquecina de

excrementos de palomas. La uralita y la claraboya de plástico dejaban entrever las patas

de los pichones.

Pelinho introdujo la llave y con la ayuda de su compañero consiguió destapar el arcón.

Levantaron las telas pintadas de los indios navajos, los bordados peruanos y varios

planisferios celestes que se deshacían al tocarlos.

Dioclón miraba perplejo lo que aparecía ante sus ojos:

Un catalejo, el sextante y la concertina del almirante Liria. El fuelle del instrumento no

resoplaba desde antes de que el marino llegara con los miembros engangrenados.

Dioclón había encontrado el instrumento de sus sueños. Lo tomó entre sus manos como

si estuviera vivo. Acarició las estrías de madera de raíz carcomidas de salitre. Insufló los

pulmones de su fuelle de tela de biombo floreada y brotaron las notas tanto tiempo

cautivas.

Pelinho manoseaba el catalejo y se preguntaba para qué valdría el otro raro aparato, mas

le daba igual, ahora estaba absorto escuchando la melodía del hexágono mágico.







Los adolescentes no sospecharon que el vigilante de la plaza fuese abstemio y, tras

tomarse un zumo con la dueña de la taberna, tomase nota de la matrícula del coche,

diese parte a los guardias y se chivase de que había un Peugeot estacionado en la

parada de los taxis.

Por otro lado, en el cortijo al anochecer comenzaron a echar en falta a los chavales. Por

mucho que hubieran sido los héroes mojoneros de la primera jornada de montería, nadie

les había concedido el pase per nocta.

La lluvia disipaba enseguida el calor de las arrobas de vino del festín a los batidores

que salieron inmediatamente en su búsqueda en caballos, mulas y motocicletas Rieju.

El padre de Dioclón tuvo un presentimiento trágico y de inmediato se dirigió a la ciénaga

de la mojonera empalmando un cigarro con otro.

La madre de Pelinho iba tras el gritando y maldiciendo una letanía.

Los cazadores se repartieron los mastines y los fox-terriers que tanto había cuidado

Pelinho y corrieron por otros senderos a hallar algún rastro.

Uno de ellos comprobó que su coche no estaba y al momento dio la voz de alarma.

Uno a uno fueron volviendo todos sin haber hallado ninguna señal y ni el más sabueso

hubiese encontrado una huella a causa del temporal.

Varios vehículos fueron a recorrer el camino hasta la carretera general. Unos se

adentraron varios kilómetros hacia la frontera de España sin encontrar nada. Otros

tomaron camino de Évora hasta la gasolinera y preguntaron pero el encargado acababa

de entrar en su turno y no había visto nada sospechoso.

Al padre de Dioclón se le había terminado el paquete de Bonanza y compró en la

gasolinera un SG.

Se encerró con la madre de Pelinho en la oficina del encargado a telefonear a todas las

comisarías y puestos de guardia de los pueblos más cercanos.

Volvieron hacia el cortijo atrochando con el Saab por sembrados y veredas, por caminos

de piedra y zigzagueando entre los cañaverales, sin poner la radio.

La señora Pitusirgu maldiciendo a la tormenta y el señor de la Hoz apurando los últimos

cigarrillos SG sin boquilla.

Bajaron del coche y se despidieron de los batidores, que estaban de barro hasta las

trancas.

Lo mismo hicieron con los cazadores, una vez que éstos hubieron recogido a los perros.

Paró de llover y las estrellas del cinturón de Orión emergían de unos nubarrones más

oscuros que la noche.

La mastina preñada aullaba a los mochuelos de los quejigos.

La bombilla tenue del establo se fundió.

El cazador entró con la guardesa por la puerta de atrás, mudo y cabizbajo.

Él se sentó en la silla que Pelinho había ocupado hasta ese día. Ella le ofreció un trozo

de pastel de liebre y éste lo rechazó de súbito. Le puso delante un mojicón y él lo apartó

hacia ella.

Sirvióle por último un tazón de aguardiente de garrafa y lo bebió de un trago. Le acercó

suavemente el tazón y la señora se lo lleno de nuevo hasta el borde.

El padre de Dioclón encendió el ultimo pitillo y preguntó a la señora Pitusirgu:

-“¿Tiene usted algún cenicero, por favor?

Ella se acercó muy lentamente al fogón y con una taza de cinc bebió agua de la tinaja.

Llevó después a la mesa un cenicero triangular con una marca de vermouth. Fue a la

habitación de Pelinho y el zurrón tampoco estaba.

Trajo del aparador una botella de anís vacía que rellenó de flores de ajo moradas y secas

y la colocó en medio de la mesa.

Se sentó en su silla. Miró la mano del hombre junto al cenicero.

Le miró a los ojos tras la cortina de flores de ajos y vio que lloraba.

Volvía a tronar. Los dos se levantaron y abrazaron.















Pelinho había oído decir mil veces a su madre que el almirante se fue a Porto Covo y no

volvió más y que por ello tenía el oficio de guardesa, y él, de cuidador de mastines

bonachones y traviesos fox-terriers.

Dioclón relató a Pelinho lo poco que sabía de los portugueses, excepto que cuando

llegaban a su pueblo los autobuses aparcaban haciendo un redondel y a los niños nos

preguntaban que dónde había una fuente.

Que su abuelo se marchó con otros mozalbetes para Lisboa con la intención de ir a

América, pero se quedaron a mitad de camino, esto es, en Évora, donde desde las rocas

talladas de un cerro próximo contemplaron la estrella del rabo, es decir, el cometa Halley

en 1910.

El portugués había leído en un libro del anaquel del Liria que la estrella del rabo se hacía

visible cada 76 años, y ambos hicieron cábalas sobre cuándo la verían ellos.

Pelinho metió en el zurrón el catalejo y el sextante y Dioclón hizo lo propio con la bella

concertina, vaciando previamente la talega de miguitas.

Bajaron toda las persianas y cerraron las ventanas.

Salieron a la calle, se despidieron de Diana cazadora y su templo y caminaron hasta la

estación para tomar el primer autobús que fuera a Sines.

Dioclón se espanzurró ocupando dos asientos y apoyando la cabeza en el cristal.

Se durmió con el sol tibio del medio día dándole en el cogote y abrazando la concertina

encima de la barriga.

El moreno espigado se sentó con una señora que leía un libro con los ojos cerrados y

moviendo los labios.

Él miraba con el catalejo hacia un lado y a otro, lo cerraba, lo volvía a abrir y así hasta la

sierra de Grândola donde empezó a jugar con el sextante.

La señora seguía leyendo dormida.

Curvas por todos lados. Pelinho seguía jugando con el aparato. La señora se espabiló y

sacó del bolso un pan caliente con chorizo.

El tragaldabas de Dioclón también se espabiló.

El olor a chorizo se disipaba. Olía a salitre. Habían llegado al océano, a Sines.








Llevaban consigo la juventud y los instrumentos de navegación, pero les hacía falta el

druida que les instruyese en la magia de las estrellas y ese no era otro sino el almirante

Liria.

El sol estaba cayendo y se asomaron al acantilado. Los delfines saltaban sobre las olas

plateadas.

Permanecieron maravillados en silencio hasta que se ocultó y llegó una racha de aire frío.

Prosiguieron hasta el puerto buscando al lisiado por todas las tascas sin éxito.

El océano estaba cada vez más bravo.

Caminaron por la playa hacia una fortaleza en la que sobresalía un faro recién encendido.

Junto al faro, entre las casas blancas adosadas a la fortaleza, había una tasca y allí

tomaron un zumo e intimaron con el tabernero, que les puso sobre la pista del viejo

marino.

Le dijo a los chavales que hacía tiempo que no venía por allí y que si no había muerto

estaría delirando gravemente en Porto Covo. El tabernero les aconsejó que no fuesen por

la costa, porque el mar “no estava para brincadeiras”.

Se despidieron del amable tabernero que previamente les había preparado un plato

de lulas calientes en su propia tinta y unas mantas.

Al salir de la tasca, el vendaval los abofeteó y empapó de agua, mas pese a ello,

alcanzaron por una vertiginosa escalera una sólida y vetusta mazmorra de la fortaleza.

Dioclón y Pelinho echaron las mantas al suelo y se hartaron de dormir mientras el

maremoto extendía sus zarpas.









Era domingo por la mañana pero aquello parecía el fin del mundo.

Los mastines rugían, aullaban y ladraban como jamás lo habían hecho y los fox-terriers

parecían corderitos asustados. Las ramas secas y el corcho de los alcornoques volaban

como hojas, estrellándose contra las paredes de adobe del cortijo.

El techo del establo había desaparecido y en el gallinero no había nada más que tres

huevos rotos.

Pasó el huracán.

Desatrancaron las puertas y las ventanas y salieron a ver un panorama desolador. No

quedaba nada, excepto el Saab verde del 69 puesto del revés y el maletero abierto.

La madre de Pelinho se llevó las manos a la cabeza horrorizada mirando el gallinero.

Algunos animales iban llegando tambaleantes. Una vaca, un mastín, dos gallinas...

El padre de Dioclón caminó hacia el coche escarabajo y recogió las escopetas esparcidas

alrededor:

La superpuesta, la repetidora, el Winchester, la Beretta... y se dirigió con ellas a la

mojonera.

Ahora salía el sol. Qué tiempo más loco.

Se situó frente al tronco desnudo, seco y sin ramas salvadoras y contempló cómo las

armas que arrojaba al barro caleño, se hundían para siempre en la profundidad de la

tierra.








La mazmorra había resistido y los chavales bajaron exultantes a la playa para emprender

rumbo sur a Porto Covo.

El Sol aquí también vencía a un Bóreas desquiciado.

Pelinho echó mano al zurrón y sacó los aparatos para navegar. En una mano el sextante,

en la otra el catalejo; saltando y bailando.

Dioclón improvisaba con la concertina siguiendo las huellas que su amigo iba dejando en

la arena.

Se toparon con un gran barco pesquero volcado sobre la arena con las lubinas y los

pargos aún vivos.

Salvo los peces, no se veía a nadie y continuaron alegremente sin demora.

Vieron en la lejanía una barca pequeña volcada en la arena y a un hombre tumbado al

lado envuelto en unas redes.

Corrieron a socorrerlo y al desenliarlo de las redes observaron que le faltaba un brazo y

una pierna.

Dioclón lo incorporó y Pelinho le echo una manta por encima y con otra manta lo secó

dándole fuertes masajes hasta que volvió en sí. Pensó por un momento en sus mastines

Pelinho y el almirante Liria se reconocieron al instante. Los tres se abrazaron.

El sol se elevaba con poderío sobre el pueblecito de pescadores.

Los tres abrazados avanzaban por la playa.

El almirante Liria les prometió que la próxima vez que llegara la estrella del rabo, harían

un redondel con la tripulación de su barco, donde las piedras del cerro, y, justo en el

centro, o algunos pasos para acá o para allá, al cavar hallarían el menhir de cuarzo.




























































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