Lo llevo pues a mi terreno, pues en estas semanas de intensidad violoncellística me vinieron a la cabeza algunas imágenes artísticas con estos instrumentos como protas. No pretendo ser exhaustivo, pues no responde a una búsqueda sistemática, sino dar un paseo con imágenes atracativas.

Sólo ya en las primeras vanguardias del XX encontramos ejemplos más que notables.
Georges Braque pintó el “Bodegón del violoncello” en el marco del Cubismo analítico, que revolucionó la historia de la pintura a principios de siglo, descomponiendo las formas y puntos de vista.

Amedeo Modigliani, desde su intimista languidez, quiso también en su obra plasmar la imagen de un bohemio “Violoncelista”. Alternando tonos fríos y cálidos, todo parece envuelto por una sutil melancolía.

El genial fotógrafo Man Ray, en “El violon de Ingres” identifica el instruméneto con el cuerpo femenino, haciendo todo uno. ¿Sería difícil tocarlo? ¿Sonaría? ¿Cómo?

Nuestro Salvador Dalí, ya en fecha tardía, trató el tema de forma peculiar. El título no deja lugar a dudas: “Cama y dos mesitas de noche atacando ferozmente a un violonchelo”. Pobre mío, ultrajado, violentado y vilipendiado. El cuadro pertenece a la colección del Museo Nacional Reina Sofía, aunque nunca lo he visto expuesto.

A partir de aquí las imágenes son más recientes y están sacadas de Gúguel en una búsqueda rápida. Algunas no las conocía hasta este momento. Me ha sorprendido encontrarme con este dibujo de un 1995, realizado por un cacereño, Joaquín Paredes Solís, en su Blog. El trazo suelto y la propia presencia del personaje me da un cierto aire a J. S. Blach, pero ni caso, que estoy muy mal.

El barcelonés Xavier Coll, talludito y mediocre, prefiere a la fémina como protagonista, en un cuadrillo soso y convencional, ano ser porque la moza va empelote y está en medio del bosque, lo que le da cierto punto exótico.

Un iberoamericano ferpectamente desconocido llamado Alejandro Flores Oviedo, pintaba en 2001 este “Veracru. Rinconcito de mi alma”, que en su Surrealismo blandengue y nervosio es una locura. Mezcla la sinuosidad del cielo estrellado de Van Gogh con el blandiblup camembertiano de estirpe daliniana. Tiene otro cuadro llamado “Sueño de una violoncelista”, que es aún más alucinado y barroco. Ya no lo pongo, que sería darle mucha cancha.


Cierran el ciclo de ñoras chelistas estas dos fotografías de performances realizadas por Charlotte Moorman y que expone el Museo Vostell Malpartida. Son una pasada, y estoy seguro de que, por su vertiente inventivo-constructiva, al gran Blach le gustarán sobremanera.

Aunque con ello amplíe las pretensiones iniciales, no podía dejar pasar el campo de la escultura. Ángel Flórez-Estrada Mallart expone en la Galería Capa y el portal Picasso Mío una pequeña pero expresiva versión en bronce que deforma la fisonomía para acentuar el gesto, y yo creo que funciona.


Pero la obra que inició todo este asunto, porque es la primera de la que me acordé, es el fantástico “Violoncellista” (1931) de Pablo Gargallo, que suelo poner a los alumnos en clase. La he dejado para el final, porque es un prodigio de concepto y resolución. Gargallo fue uno de los grandes creadores de la escultura en hierro, delimitando los espacios vacíos a partir de láminas. Y lo más llamativo es que lo consiguiera a partir de simples plantillas de cartulina en las que ensaya las piezas y los engarces para que todo encaje. El curvarlas y aplicarles volumen culmina el proceso tridimensional, dando como resultado esta genial obra.
Me temo que me pierde la vocación y esto me ha quedado un poco académico y seriecito, pero bueno, quésconvafer. El próximo será más divertido.




