
Tras conocer en primera línea el ambiente moruno de una ciudad como Ceuta (aunque era algo también habitual en nuestras calles), decidí un año sacar un disfraz de moro, de los “paisa”, que andaban vendiendo cosas por la calle. Las babuchas y la chilaba eran auténticas, compradas en Ceuta, (aunque de las normalitas, sin el oropel y lujo de la que luce últimamente nuestro ñigoñiguista almaridí), con careta completa muy oportuna: un tipo con cara sonriente, caricaturesco y con el pelo muy rizado. Iba por ahí imitando los los soniquetes habituales, del tipo: “Paisa, vendo barato, barato, para tú”. Colgada del cuello llevaba una caja grande tipo bandeja, repleta de los objetos más inverosímiles. Y es que tenía de todo. Había relojes antiguos y un despertador; gafas de plástico; cartillas y calendarios de propaganda, por supuesto de otros años; bolígrafos, gastados o no; mecheros y cerillas; una perilla-interruptor, que vendí por diez duros de entonces a una embarazada para “dar a luz”. También tenía muchos puros de los de las bodas que estaban sin usar; uno se lo cambié por una invitación a un cubata a un tipo que iba disfrazado de Fidel Castro pero no llevaba habano, sólo un cigarrillo, porque lo había perdido. Tras abroncarle debidamente, le ofrecí la solución y vio el cielo abierto. El cubata gratuito me supo a gloria. De todas formas, casi todo el material era vendido realmente o intercambiado por invitaciones, así que la noche cundió mucho y fue un disfraz de lo más rentable. Creo que no llegué a gastarme ni un duro.


Me curré mucho un disfraz de Carlos Jesús-Micael. Personaje inefable, espectacular, un bombazo mediático en aquella época. Creo que lo descubrió Cárdenas, un reportero que intervenía en un programa de humor, o no sé ya si era Crónicas Marcianas (puede), y que ahora sigue en la radio por las mañanas con un programa propio. Doy algunos datos por si algunos tiernos infantes, como Habbo, no lo conocen. El tal Carlos Jesús era un pirado con una jeta impresionante, que decía que tenía poderes curativos porque lo habían raptado unos extraterrestres y lo habían llevado al planeta Raticulín. Anunciaba la venida de los marcianos y comentaba que le habían incrustado un microchip en el celebro. Las descripciones de los extraterrestres y las cosas que comentaba eran tan inverosímiles que resultaban desternillantes, y tendría su gracia si no fuera porque el tipo se dedicaba a timar a inocentes incultos con sus movidas, desde un garito que se había montado en algún sitio de Andalucía. Bueno, pues aquellas pequeñas intervenciones o reportajes que el tal Cárdenas ponía por la tele las grabé en vídeo y ensayé en casa los alucinantes parrafillos hasta conseguir clavar la voz, los gestos y la expresión. Me fabriqué una túnica violeta como la de la foto, en la que además cosí el nombre de Micael con cordón dorado. El tipo tenía una voz nasal o gangosa muy peculiar, y el momento estrella era la transformación de Carlos Jesús en Micael, que se producía tras algunos soplidos y que consistía básicamente en poner voz finita (como Blaki cuando se disfrazada de Bítel sólo peinándose para delante). Pero aparte de la imitación, hice unas octavillas con dibujos, textos, oraciones y loas a los raticulianos, etc., que repartía y comentaba entre el personal conocido.


Mi última salida fue en un entierro de la sardina, en Cáceres. Para ilustrarla he tenido de nuevo que recurrir a un montaje en paralelo con afotos de Internet, porque no era fácil. A ver, entre unas cien personas vestidas de negro, por el luto del entierro, yo iba vestido de riguroso blanco. Pero enterito. Llevaba camisa blanca, chaqueta blanca, pantalones grisclarocasiblancos, guantes blancos, zapatos grisáceos, pero… eso sí, una careta completa de negro zumbón, tipo ugandés o senegalés, un poco más realista que la de la foto, pero en esa línea. Claro está, se me veía a dos kilómetros y fue un puntazo. Pegado a la espalda llevaba un cartelito que decía: “Aunque no lo parezca, yo también voy de negro”, y colgado en el pecho llevaba otro cartel donde ponía: “A mí me dijeron que a esto había que venir de negro”. En el periódico “Hoy” apareció una foto mía en medio de la gente (y no miento, aún la tengo, y si la encontrase la pondría), con un pie de foto que decía: “Y vino de negro”.












