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jueves, 4 de septiembre de 2008

Soyobré, soyobreropampino

Se me aviva el recuerdo de la iluminación en la Cantata. Predominaban los ocres. Cuando Moisés decía “un cepo en que fijaban al obrero”, en el palco había un actor ensangrentado (con maquillaje, que no éramos tan bestias), iluminado por lo que podríamos llamar una luz genital (desde abajo). En el momento de la matanza, había luces blancas intermitentes. Después, cantábamos la elegía al Ché, de los Quilapayunes, y Yayi se arrancaba con lo de “un niño juega en la escuela Santa María”.



El obrero pampino lo cantaba, de cojón de mico, el Andrés. Esa pieza fue la que a él y a mí nos produjo el atasco, (vid La Cantata, Segunda)no había güebos a encontrar los acordes. Muddy y Goliard la sacaron. Goliard y yo hacíamos un rasgueo parecido al de aquí. Blaki tiraba más de muñeca, dando más potencia a los bajos. El resultado era muy compacto.

martes, 2 de septiembre de 2008

Sobre la Cantata de Sta. María de Iquique en el Santulalia

Dado que mañana inicio mis labores examinadoras y el tiempo sin duda va a encogerse hasta casi desaparecer, no demoro más hacer alguna entradilla para recuperar recuerdos.
Que un amplio grupo de alumnos de Instituto en el curso 77/78 llevase a cabo en Mérida una representación teatral-musical de la Cantata de Santa María de Iquique no deja de ser un hecho sorprendente. Es obvio que corrían tiempos nuevos y empezaba a superarse la dictadura y la herencia de su Excrecencia, pero afrontar una iniciativa de tamaño rojerío parecía demasiado, y aún hoy me pregunto cómo conseguimos el visto bueno de las instancias pertinentes para culminar la empresa. Los Quilapayún eran exponente de todo un posicionamiento ideológico y el lenguaje-mensaje de la Cantata no era precisamente light, sino muy directo.
Como le pasaba a Paco, no consigo recordar el nombre del director de la obra ni su vinculación con el centro, sí que era mayor que nosotros, tenía alguna experiencia en el mundo teatral y contaba con el inquebrantable apoyo de su novia-esposa, que asumía labores diversas, además de fichar a un amigo que resolvió el tema de la iluminación, tarea que resultaba especialmente compleja. (Inciso. Sin mucha precisión, creo que alguien me contó que el Director murió muy joven, unos años después, y de una forma absurda: pescando, por culpa de un anzuelo, o por una descarga eléctrica al recuperar una caña, o algo así. No quiero pecar de frívolo, pues el recuerdo para los allegados será doloroso, pero es que el asunto tiene miga. Nunca más supe.)
Del casting y los ensayos tengo más vivos los recuerdos que me atañen, vinculados con el papel del narrador. Conocía la cantata al dedillo, la habría escuchado cientos de veces y controlaba cada inflexión de voz de aquel locutor de difícil apellido llamado Héctor Duvauchelle. Sé que alguien más se presentó para obtener el papel y yo estaba supernervioso, quizás por eso no recordaba que la aceptación fuera tan unánime como dice Paco. Dudamos en su momento si el narrador debía aparecer en escena, sentado en un taburete alto, ataviado con un poncho o algo así, aunque al final se optara por una voz en off, entre bambalinas, e ir ilustrando las escenas y canciones con personajes sobre el escenario, lo que enriquecía las posibilidades.
No era fácil resolver el tema escenográfico y las soluciones fueron variadas. Para algunas canciones y las narraciones había figurantes. En el "Vamos, mujer" el grupo musical y el resto de participantes caminaba entre el público, por ambos lados del patio de butacas, hasta llegar al escenario. El "Soy obre... soy obrero pampino" lo cantaba Andrés Domínguez, ¿no?, creo que sí. El "Rucio" hablaba en primera persona, dirigiéndose a un par de gerifaltes situados en un palco lateral. Y el asunto de la matanza se solucionó con personajes vestidos con capas negras y máscaras calavéricas, que, en lugar de disparar, gritaban: ¡Muerte!, mientras grupos de obreros iban cayendo. La canción final, con las sucesivas voces y el crescendo, era emocionante. Seguro que las neuronas de Paco, sospecho que en mejor forma que las mías, irán completando detalles.
Si sorpresivo fue abordar el evento en Mérida, más aún que saliéramos "de gira", y hubiera al menos otra representación, en el Instituto de Enseñanza Media que se encuentra entre Villanueva y Don Benito. Fruto del nerviosismo y la intensidad con que vivíamos la representación, allí recuerdo que comencé el primer relato del narrador a un ritmo algo más rápido de lo que debiera, y claro, al pobre iluminador no le daba tiempo de ir alumbrando a cada uno de los grupos y detalles de la escena, por lo que le estoy viendo, junto al director, haciéndome aspavientos desesperados para que ralentizase el ritmo. Sería sólo un minuto o minuto y medio, pero qué apuro. Pronto la cosa volvió a su cauce y todo salió bien.
Animado por el éxito, el director quiso montar un grupo teatral. Nos llamaríamos "Caravana" y recuerdo haber dibujado el logo del grupo con las consabidas dos máscaras de la tragedia y la comedia, unas cintas a los lados y las letras del nombre en negro y verde. La primera idea era montar nada menos que "Escuadra hacia la muerte", de Alfonso Sastre, uno de cuyos papeles me aprendí, preocupado por tener que fumar en escena, yo que no había fumado nunca. Iba a entrar gente ajena al Instituto, de mayor edad, y no sé si llegamos a comenzar los ensayos, pero aquello no llegó a buen puerto, no recuerdo bien porqué.
Bueno, id poniendo más teselas en el mosaico. Sería bueno llegar a la precisión de un Opus vermiculatum. Abrazos desde Cáceres.

martes, 26 de agosto de 2008

La Cantata, Segunda

Los ensayos comenzaron en el salón de actos del Santulalia, durante los recreos, que in illo tempore no había extraescolares. Pronto se puso de manifiesto que la tarea no iba a ser sencilla:

La escenografía planteaba muchas dificultades, puesto que se trataba de mover por el escenario a cuarenta personas, sin diálogos, sólo como imágenes de lo que declamaba el narrador. Decidimos recurrir a un experimentado teatrero, cuyo nombre no recuerdo.

Y los músicos no éramos capaces de encontrar muchas de las armonías que empleaban los quilapayunes. Alguien sugirió pedir ayuda a los hermanos Manchón, pianista uno, trompetista el otro, que estaban en el instituto. Pero yo tuve una idea mejor: llamar a mis amigos Blas Marchoso y Mike Goliardo. Vinieron, se unieron a nosotros y en dos minutos encontraron todo lo que faltaba, en el obrero pampino, en unámonos como hermanos, en vamos mujer, en no hay que ser pobre, amigo, es peligroso ... La música estaba resuelta. Es más, tal vez se pueda considerar a ésta como la primera formación de Cave Canem.

Anexo Iquique






Pongo estas estampas para que se nos ilumine la mente fijativa, los conductos neuronales se dilaten...
Me acuerdo de los ensayos.. de que también cantaba Mike Goliard.. del Andrés...

lunes, 25 de agosto de 2008

Cantata de Santa María de Iquique. Primera aproximación

En el curso 77-78, en el Santulalia, no sé quién tuvo  la idea de representar la “Cantata de Santa María de Iquique”, de Quilapayún (no sabíamos que era de Luis Advis).

La convocatoria fue exitosa: éramos unos cuarenta. Imposible recordar los nombres y los rostros de todos ellos (hace treinta años, y yo he dilapidado gran parte de mis escasas neuronas). Estaba Tenti, estaba Mamen, estaba Manolo, que hizo el Rucio (“Usted, señor general, no nos entiende, seguiremos esperando, así nos cueste”).

La elección del narrador no representó ningún problema: en la prueba, recitó Moisés Bazán y fue ruidosamente aclamado por la humanidad enfervorecida: “Si contemplan la Pampa y sus rincones verán las sequedades del silencio, el suelo sin milagro y oficinas vacías como el último desierto”.

Al principio, en la música sólo estábamos Yayi, Alicia, Andrés Domínguez y yo. Pero eso no tardaría en cambiar.

À suivre.

 

Que yo sepa, no hay documentación sobre este evento, por lo cual subiré lo que me dé la gana.

domingo, 24 de agosto de 2008

Teatro

Me fui a vivir a Mérida en febrero del 77. La afición emeritense al teatro se manifestaba de dos modos bien distintos:

1) Nos colábamos una vez tras otra al Teatro Romano (saltando la tapia). Vi Fedra cinco veces, sin llegar en ninguna ocasión al principio. Es que no era fácil, el camino estaba sembrado de peligros en forma de vigilante. Mi maestro saltador fue Manolo Perdigón.

2) En el Santulalia había un grupo que estaba preparando “Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín”. Lo coordinaba un profesor de literatura, que siempre era propuesto para Director del centro, con un porrón de votos, pero que era indefectiblemente rechazado (del PTE, prochino, demasiado rojo) por las autoridades educativas, en beneficio de Joaquín González, el de latín. La obra contenía varios poemas a los que había puesto música Alicia Bazaga. Mi colaboración se redujo a tocar la guitarra con ella.

Este grupo fue el germen de donde surgió la idea de representar la “Cantata de Santa María de Iquique”.

PS: Se agradece este nuevo trozo de tu novela, Blaki