jueves, 27 de noviembre de 2008

Maxwell Smart


La tele fue una parte muy importante de nuestra infancia, pienso yo. Antes de que la hubiera en casa, nos reuníamos un montón de niños en casa de un vecino. Recuerdo el día en que llegué del cole y allí estaba ese cable doble negro ¡Qué alegría me llevé! ¡Y qué lejos estaba de imaginar cómo iba a degenerar, al cabo de los años, tan magnífico invento!

De aquellos tiempos televisivos en blanco y negro, recuerdo sobre todo a Maxwell Smart y a 99. Lo han repuesto mogollón de veces y sigue haciéndome gracia. Caos y Control, el cristal que le pillaba la nariz, el zapatófono, el acento de los malos (que me sirve para enseñar a pronunciar la S sonora) No hace mucho me enteré de que el guionista era Mel Brooks.


Desde luego, no se me ha ocurrido ir a ver la versión cinematográfica

martes, 25 de noviembre de 2008

Pequeña digresión disculpable

Mientras reflexiono sobre mi infancia milia, subo esta pieza de Guinga, con Leila Pinheiro y el Quarteto Maogani. Escuchad con atención esa voz y esas guitarras

lunes, 24 de noviembre de 2008

Juguetes infantiles


En Mérida llamábamos repión a la peonza, y a las canicas bolindres. Había categorías entre los bolindres: los de barro, los de cristal y los metálicos, que yo sacaba de los rodamientos de la fábrica de mi padre y eran un lujazo.
Estaban las chapas, en las que pegábamos las fotos de los futbolistas haciendo equipos y jugando partidos con un garbanzo como pelota.
Todos tuvimos tirachinas. También jugábamos al pincho, trazando las cuadrículas en el suelo, con serias dificultades para conseguir uno adecuado, pues no era fácil. Yo tuve uno malo, que al soltarlo me rozaba y hacía heridas en la mano, y otro muy bueno, que me hacía invencible, o al menos eso quiero recordar.

En los veranos estaban las cometas, los globos de agua, la Bola Loca, el tenis en las pistas de Lolino o el Tiro de Pichón, y las cañas para pescar en La Charca, donde también sin necesidad de juguetes lo teníamos todo, nadando, tirándonos de la muralla… y allí llegarían los barcos, juguetes grandes… y las primeras pandillas.

A los juegos citados por Paquinho, de forma excepcional, sumaría el Lego, cuyas piezas me traían mis padres de Elvas cuando aún no se comercializaba en España. Tenía tantas piezas que llegó a encargar a un carpintero un mueble a medida, con cajoneras, para guardarlas. Sobre él dos planchas grises sobre las que montaba las casas, barcos y personajes (construidos, porque aún no habían creado los ridículos muñequitos tipo clics de Famóbil). Tenía vías para hacer circular un tren, con pila de petaca y sus correspondientes vagones, cuyas cajas se adquirían por separado.

También de Elvas me traían unos cochecitos de carreras pequeños, con suspensión, que corrían muchísimo y a los que tiraba por una rampa para ver cuál llegaba más lejos. El mueble del Lego no, pero las piezas y los cochecitos todavía los guardo. Nunca tuve Scalextric, jugaba algo con el de mis primos cuando iba a Madrid.

Había unos chicles o caramelos con los que venían unos muñequitos de plástico, de colores, de tamaño mínimo, que se llamaban “cabezones”, con cuerpo pequeño y una cabeza redonda enorme. Con mis primos les poníamos motes: “Flequillo”, “Coletitas”, “Beatle”, e igualmente hacíamos competiciones dejándolos caer rodando por una rampa.

Los vaqueros e indios de plástico, en el fuerte Comansi (juguete completo, juguete Comansi) o similar, y los soldaditos, también consumieron horas de asueto.

También jugué mucho con los Madelman, y no con los Geyperman, que eran más grandes y toscos. Aún debo conservar alguno deseando hacer pandilla con los que tiene Blas, grandes actores, por cierto. Tuve, cómo no, los Juegos Reunidos Geyper, un Exin Castillos y una caja de Mecano, pero de madera, no de metal, con lo cual a lo mejor no era Mecano ¿o eso era un grupo musical?.

Unos Reyes magos me trajeron un sofisticado muñeco llamado Polito, que pegaba patadas a unas pequeñas pelotas que caían por un cilindro, y frente al que hacíamos paradiñas tipo Casillas, entonces Iríbar.

Siendo creo que aún más pequeño, otros Reyes trajeron una pequeña batería con la que tuve que formar tal escándalo que debieron arrepentirse y finalmente, tal como había llegado desapareció, sin que nunca supiera la causa. El disgusto fue terrible y una primera frustración como instrumentista. Luego vendrían más. Sí le saqué partido a uno de esos paratos, cuyo nombre no recuerdo, pero que se tocaban como un piano, con una mano, soplando por la boca.

Misión espacial” consistía en unas varillas de metal unidas a un eje, y en las que mediante una rueda había que capturar a un astronauta o una nave perdida con un cohete imantado, calculando el impulso de las vueltas que había que dar. Y había un cívico juego de Congost llamado "Mantenga limpia España", en el que hacíamos de barrenderos, y con unas palas teníamos que quitar fichas con basura a los contrarios. Menuda idea.

Recibí el Juego de Magia Borrás con la mayor ilusión y debí martirizar a la familia con los trucos. Sería una segunda vocación frustrada. El juego aún subsiste con éxito en las tiendas, supongo que con los mismos trucos: las cartas dobles, la bolita en la doble copa, el pañuelo que se guarda en el lateral de la caja negra…

Conservo, aunque algo dañado, un juego de baloncesto de mesa, con la pista alabeada y agujeros donde iba cayendo la pelotita. Con unas palancas en los laterales el jugador al que correspondiera tiraba con un gancho la pelota a las canastas. Tenía marcadores y todo. Yo pegué papelitos con los jugadores del Madrid de la época: Emiliano, Brabender, Cabrera, Santillana, Luik, Walter, Rullán, Meister, Sagivela, Corbalán…

Y coleccionábamos interminables álbumes de cromos. Los más espectaculares eran los de Bimbo, gigantescos, creo que se llamaban “Nuestro mundo”, o algo así. Y estaba “Vida y Color”, que fue como nuestro primer libro de Historia, con las razas y las diferentes culturas. Esos conseguí completarlos. Otros muchos quedaron en el camino.

Se puede abrir un capítulo para disfraces, con los que acudíamos a fiestas y seudoguateques primerizos en los chalets de Proserpina y de los que guardo fotos inenarrables. Los hubo de mejicano, de pastor, y uno de indio, con todos los accesorios (pipa, arco y flechas, un puñal, collares de dientes de plástico, penacho de plumas… ).

Más adelante, ya algo más mayorcito, me entretenía mucho con el Telesketch, con un microscopio, el Quimicefa y con el Spirograf, que permitía trazar espirales con unas plantillas.

Hemos jugado mucho, y eso es un buen síntoma. No hemos salido tan mal. Diversas circunstancias me hicieron perder la mayoría de esos juguetes que hoy me hubiera gustado conservar. Voy a ver si en el trastero encuentro el Lego.

Koji Kabuto

He de reconocer que me resulta relativamente fácil datar los eventos de mi infancia. Me explico: A los ocho años me fui de Almendralejo, y a partir de ahí, viví en ocho o nueve sitios distintos, entre seis meses y dos años en cada uno. Sitúo los recuerdos por el pueblo donde vivía.

Me lanzo a diseccionar dibujos animados, series y demás.

Croke Mazinger Z es posterior al 75, por varias razones:

  • Yo vivía en Mérida.

  • Los dibujos animados y series de la época del blanco y negro eran mucho más blanditas. Mazinger Z era un manga violento. No olvidemos aquella Aphrodita Alpha, que atacaba utilizando las tetas como obuses.


  • Recuerdo haber hablado (con Pedro Campos al menos) de la filosofía fascista que inspiraba a los personajes. Esto corresponde, pienso, a la época de la transición, cuando siempre andábamos buscándole las vueltas ideológicas a todo.

  • Llamábamos al protagonista “Koji Canuto”

  • Más importante: Pedro Pacomio, amigo y compañero de clase tenía un hermano más pequeño que quería ir a ver la película. Proyectamos acompañarlo todos (el Primo, Herrera, Félix y no sé cuántos más) Al final decidimos que iba a quedar un poco ridículo, diez o doce tíos de 17 años acompañando a un chaval de nueve.



En cuanto tenga un rato, miro para verificar fechas.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Añoralgias

Cuasi superadas o al menos estables las ziricutancias o zicutancias (como decía Blaki y diría Paco) que me han tenido alejado deste amado Glob, me reincorporo tímido, despacito, pues uno parece como perder el hilo cuando se aleja. Ariadna me ha prestado un cabo y lo retomo cual clavo ardiendo para intentar el reenganche. Lo que pasa es que son muchos los frentes abiertos y no sé por dónde empezar.
Tras el atracón de música francesa y brasileira hemos vuelto a la infancia, que Paco etiqueta Prehistoria, y no sé si ya a estas alturas deberíamos llamar Precavecania, la etapa previa al 75 d.C., fecha clave tablajamonera, cuando todavía no habíamos iniciado andanzas conjuntas ni conocíamos a nuestros ídolos musicales, sino a otros que también tuvieron su importancia.
Recuerdo a La Pandilla, cuyo Capitán de madera, de letra enumerativa y un tanto surrealista me sabía de memoria: “Mis zapatillas coloradas, dos bufandas y una rana, un aro blanco y caramelos sin chupar… Zambomba, pandereta, cascabeel sombrero de mi abuelo, y un perrito que cante el Achilipú, …” Mis primos de Madrid conocían a dos de los componentes del grupo, y por ello se daban un pisto que pa qué.
Decía en un comentario que en mi descendencia no había cuajado demasiado la música de los Chiripitifláuticos, e imagino que como serie ahora no serían competencia para los canales Disney ni otros similares. Todo tiene su momento, y el nuestro pasó, aunque lo estemos recuperando ahora con cierta añoralgia (añoranza + nostalgia), como dirían Les Luthiers.
En lo musical afloran también los recuerdos de Eurovisión. Paco hablaba de listados en una revista para anotar los resultados. Yo los hacía ex profeso, en un folio cuadriculado, con los países por orden de actuación y casillas para puntuar toda la familia. Luego comparaba nuestras votaciones con los resultados reales, y podían comprobarse las notables diferencias. Siendo muy pequeño veía el festival con mis padres, en la cama de matrimonio, en una pequeña tele que tenían en el dormitorio. Inolvideibol. La nómina de los temas que recordamos en su época de apogeo seguro que es extensísima, aunque luego cayera en una lenta y merecida decadencia, sólo recuperada en emoción cuando Rosa cantuvo lo del “Iurops livin a celebreision”, que si no ganó entonces ya será imposible. La verdad es que ni falta que hace.
La lista de Paco con recuerdos de nuestra infancia es fantástica, muy extensa y evocadora. La suscribo de pleno, aunque claro, adaptada a Mérida y no a Milialejo. Yo he sido muy televisivo, y quizás en el listado sí caben algunas series más de televisión como La casa del reloj, Perdidos en el espacio, los Thunderbirds, Los Supersónicos, Jim West, los Payasos de la tele, el “Vamos a la cama” de la Familia Telerín, animales como Furia, Skippy o Flipper y, quizá ya más talluditos, aunque mezclo fechas, llegarían Heidi y Marco, Los teleñecos, Pippi, Mazinger Z, Kung Fu y de jovencitos las series con música hortera de Guido y Maurizio de Ángelis, como Sandokán u Orzowei, na na na na, na na na na, na na na na na.
Cada una de ellas y otras tantas darían para introitos, “in-trío-tos”, propios. No tengo tiempo de buscar imágenes, aunque quedarían chulas.
Hay más, mucho más, por ejemplo hablar de juguetes. Mañana si puedo sigo con la hebra añorálgica.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Me acuerdo de:


Los caramelos Saci

Las pelis de Fanfomas

El Padre Cotilla

Don Cicuta y Don Rácano

Y Don Estrecho

El chico de Bonanza

El gordo de Bonanza

Tan tacatán tacatantán tán

Unas pelis de un supermán que vestía de blanco

Los chicles Cosmos de regaliz

Trampas

Fernando María Guisado, el primer amigo que tuve

El cine Espronceda

El gallinero del cine Espronceda

Los chicles Dunkin, que regalaban muñecos de Astérix

Un ajedrez que me hizo mi hermano con los muñecos de Astérix

El Palé

El catecismo

Los caballeros de la mesa redonda

El exin castillos

Cesta y puntos

La vendimia (lanzábamos ganchos para trincar uvas de los tractores)

Las calcomanías

El día de San Marcos

Las hogueras (no me acuerdo qué día)

La piedra resbaliza

Cuando pedíamos el aguinaldo

Los palmetazos

El olor de los libros a principios de curso

Los Conguitos (qué caros eran)

La vacuna del terrón de azúcar

El alunizaje de los gringos

Los tirachinas

Un traje de romano que nos trajeron los Reyes a todos

El café Camelo

Los papeles matamoscas al lado de las bombillas

Félix, el amigo de los animales

Las tablas de multiplicar con música

Los cromos del álbum de África

Los juegos reunidos Geyper (y a jugar)

El cine de verano, en la plaja toros

Palito Ortega

El conde de Montecristo

La mercromina

Los trenes que tenían tercera clase

El cinexin

Jugar a pídola

Y a la bombilla

Y a cadenas

Y a pico, zorro, zaina (zorro, pico, gallo, qué)

Y al látigo

Y a la rayuela (las niñas eran mejores)

Y a  balón prisionero

Y a humi (no, eso era en Ávila)

jueves, 20 de noviembre de 2008

Antena infantil


Silvio nació en San Antonio de los Baños. Guinga, en Rio de Janeiro. Brassens, en Sète.
Yo, en Almendralejo.
No deja de ser una diferencia importante.
Pero allí estaban los braseros de picón, el subirse a los árboles, los curas que me subían las cabras al monte, castigao, de rodillas, los brazos en cruz, copia cien veces ...., los chicles bazooka (se repartían entre tres), los cromos, las tabas, la peonza, el Día de la Hostia, el correr tras un balón, la tele en blanco y negro: Bonanza y el Virginiano, historias para no dormir (que no me dejaban ver), el festival de Eurovisión, con el diario Pueblo que traía cuadrículas para hacer votaciones familiares.
Y Antena Infantil. El capitán Tan (en mis viajes por todo lo largo y ancho de este mundo), Valentina y sus gafillas, el Tío Aquiles de tirolés. Y Locomotoro, conductor de todo menos del codo.
Éstos otros vinieron después, cuando ya se rumoreaba que Locomotoro había muerto. ¡Qué se va a morir Locomotoro!


Y pintar con colores
el arco iris
por eso somos chiris