jueves, 31 de julio de 2008

Tractorcípedo del Ndiña y del Tino Hijón.










La Puch Minicross.


La máquina por excelencia para ir de la charca a Mirandilla y de allí hasta Carrascalejo, terminando la ruta en Lácara.


Ideal para recorrer escarpados terrenos de Carija.


Homologada para competición en Royanejos..


El que fuese de paquete en ellas después de unos litros de vino con limón en el chiringuito Lachón


saldría despedido a las chumberas en el primer bache.










Por cierto. !!!No al deshaucio!!!


Adjunto el cartel que acabo de ver en Lachón de un conocido nuestro que, bajo seudónimo, pretende vender nuestro laureado talismán.


No lo permitiremos.


¡¡Pujaremos por él..!!

El 470

Destacaba en las labores de proel el ya mentado Pedro Campos, quien hacía valer su condición de homónimo del campeón de España. Muy ducho en el vocabulario (orza, foque, botavara y demás), contábame una vez, con todo lujo de detalles, que la experiencia más fascinante era el trapecio: equilibrio perfecto sobre el agua, cabellos humedecidos … La continuación habrá de contarla él.

Yo, en mi torpeza, solía tener bastante con conseguir esquivar la botavara.

 

Banda sonora

Minus one sobre un tema de Pablo Guerrero muy querido por los Cave Canem primigenios. Me acompaña al piano Joao Macintosh. Se agradecerán ulteriores colaboraciones.



video

Donde dije foque digo orza. Error garrafal . Errol Flynn

En referencia a legajo 6 - cap. 21 - art.873 del bloggggg "Les sports dans Cave Chuchem"


Mis más siceras disculpas ante este flagrante lapsus linguae.
Ya se me estaba olvidando la terminología marineira.
Si leyera esto los de la federación no nos revalidarían el título.
Craso error pues, entono el mea culpa.
Siguientes deportes a tratar:
Atletismo: Mendoza llegó a subcampeón de Extremadura de los 100 m. lisos.
Piraguismo: Participó Blaki en Coria - Rio Alagón y Manolón hizo descenso del Sella.
Halterofilia: Chiki altius fortius.
Pesca: Goliardo sacó un lucio de 16 kgrs. en Puerto Peña
Esquí acuático: Todos diplomados - Subcampeonato en Cogolludo
Ajedrez: Pollino se batió con el mismísimo Fisher en un amistoso en Limoges

(...TO BE CONTINUED)

Amoto de Mendoza

Velocípedo ideado para darse la ostia siempre con la arenilla de la curva de carrero frente al mataero moniciparl.

Los deportes en Cave Canem - Vela 470


Hacia 1976 Endiña había conseguido ya el grado medio en el lago Ness.
El master lo adquirió meses después en el lago de Sanabria.
Totá, que llegó hecho un hacha en ésto del velamen a monitor de cursos de 470 en la Charca.
Todos los Cave Cánenes fuimos alumnos aventajados suyos juruyos y a todos se nos concedió ex aequo el título que figura arriba. Se ve fatal porque se mojó.
En la instantánea se aprecia a Blaki con melenita y coleta haciendo tropiezo, digo trapecio - dijo un sátrapa necio - y a Pollino al timón momentos antes de que la puñetera botavara le hiciera añicos las gafas oscuras.
En ese momento le aviso:
¡¡¡Cudiaaaaoooo,,, saca el foque que esto está lleno de rocas..!!!

La piscina - Carnet individual

Impresionante documento que nos aerotransporta a la Era 75.
Sita una media legua más pallá del Barrio Bizcocho era la moderna opción de la trilogía rio - charca - piscina para enfriar nuestros picores adolescentes.
Cantábamos eso de:
"Flagolosina, mi rico helado
Del congelador lo saco congelado,,,"
En los ultramarinos se vendía el Saborino de Royal, que eran unos polvos de colores que se le echaban a la leche.
Sabía tanto a medicina que prohibieron su venta.

miércoles, 30 de julio de 2008

Chicos del Coro - Alumnos de dos cursos - Gestación de CAVE CANEM

Solución: (No vale mirar)

P.D. - Entre Manolito, en la primera fila y yo en la 3ª conseguimos identificarnos.
Si alguien puede completarlo, mejor para todos.

De espirales

Cotejo fechas (ver comentario a Secuencia Postal - Ilustración "Erospiral" de Contornos de Artmazonia - BBBlaki - Artkeo Atrivm Editions) y observo que la segunda de tus postales la recibí bastante antes de que la enviaras. En efecto, viví en Limoges en el año 86, cuando el matasellos indica 9-9-99.

Conclusión provisional: la espiral es caprichosa, cambia de velocidad, de altura, de grosor. Tal vez si, como es de suponer, cada uno tenemos la nuestra, las haya levógiras y dextrógiras, uniformes, irisadas, opacas, diáfanas.

Vete tú a saber en qué estado andan las espirales de nuestros compañeros. Lo que sí es cierto es que pasarán por aquí. Si no es que han pasado ya, de largo.


Banda sonora

Esta canción fue interpretada, recitada, evocada, en multitud de ocasiones por muchos de nosotros. En esta versión, realizada por Moisés, canta Marisol Burcio, compañera mía de clase en la carrera.

Obviemos el lamentable hecho de que también la cantuviera Pablo Abraira (el de “amiga iga iga iga”)


video

El hospital

Allí hubo horas y más horas de música y cháchara. Allí me enseñó Traque a tocar Blackbird. Allí escuché los mordaces y certeros comentarios de Teresa Corchero* (“¿Autonomía? En lugar de jodernos desde Madrid nos joderán desde aquí mismo”). Allí contaba Pedro Campos chistes memorables. Allí conocí a Miguel Masegosa y a Lola Galán. Allí escuché, por primera vez, en la guitarra y la voz de Blas, una pieza de Silvio Rodríguez (Playa Girón). Allí empecé a ver cómo tenía de grande el corazón Fernando Sardiña. Allí me puso el mote Mamen Cidoncha. Allí cogí la moto de Jose Barrero, que iba de paquete vociferando “¡Que me rompes la camisa!”. En esa misma moto, o en otra, no sé, se subieron Masegosa y Lolo Cerro SIN GAFAS ambos. Allí me habló el mismo Lolo de sus “vidas de muertos”, pero nunca me dejó leerlas.

 

*Sé de buena tinta que dos de los sospechosos habituales se la jugaron al futbolín, pero eso debe contarlo otro que tenga más datos.

La Bodega - Sala de máquinas del subsconsciente

Abro nuevo tema - debate:
La Bodega del Callejón de la Amargura.
Ésto es ir al centro de la espiral.
Aún sueño que existe transformada en cine de verano.
En el corralón empedrado estaba el R-4 que se estampó contra un eucalipto en el Pico del Águila con franchutación al volante. No llevaban bronceador sino mayonesa, lo cual hizo que resbalaran
embrague y palanca de cambios. El auto parecía una maceta motorizada.
(...)

El magnífico tema de Pink Floyd para bailar más tiempo agarrao..
El eco en las tinajas de los ensayos teatrales...
La acústica perfecta, catedralicia, de la guitarra de Benito de Mérida..
Los fuegos nocturnos de carnaval de Cañaveral...
Cuatro generaciones disfrutaron del peristilo de barro.

martes, 29 de julio de 2008

Barandilla del Hospital - Estructura aquaeductea


Equilibrismo
Puente
Apoyo de la riñonera
Hierro forjado
Temblequeante
Arpa
Diapasón contra el olvido

Secuencia Postal - Ilustración "Erospiral" de Contornos de Artmazonia - BBBlaki - Artkeo Atrivm Editions

Secuencia postal – Falsario XVI

Ilustración de Contornos de Artmazonia



Supuestamente más de 22 años separan estas misivas
Pienso que esta prueba documental de Cave Canen no va a pasar los estrictos controles
y la criba de nuestros Zicutanes
Demasiadas coincidencias:
La más antigus y en blanco y negro es de Ediciones Arribas - Zaragoza
La postal en color es de Ediciones París – J – M- Zaragoza.
¿No te parece demasiada coincidencia geográfica?

En la primera de ellas cronológicamente hablando nos adelantamos
A Vostell y al movimiento Fluxus
En la segunda con destino Francia envío adjunto la ilustración Erospiral
Del libro de dibujos “Los contornos de Artmazonia”
Las cabalísticas y palindrómicas fechas en que aparentemente fueros realizadas.
Aparece en ésta el anagrama de la editora: una torre Eiffel.
¿No es esto premonitorio?
¿Estaba decidido por entonces nuestro destino por los astros o por alguna extravagante deidad?
Por lo demás, los sellos, los tampones, la grafía , estan bien conseguidas.

Transcripción de la postal A:

Estimado Pako Pollino:
Tienes razón, o al menos telepatía en eso de la espiral
Dejo esta postal en los Barruecos para enviartela dentro de 25 años
¡¡Recibe mientras tanto un cordial pellizco!!

A/A SR. D. Paco Pollino
Sta. Luisa de Marillac
Cáceres – Extremadura – España

7-7-77





Transcripción de la postal:

Estigmado y estigmatizado Paco
Increíble esto de la epistolomanía
¡¡Qué coincidencia!!
No sé tu paradero pero alguien me habló de que andabas por París.
Besos y abrazos de Blaki

A/A Sr, D. Paco Pollino
Université de la Sorbuann
París
Francia

9-9-99




P.D. Las someteré a diversas pruebas de contraste y ADN para confirmar la validez del documento









Solución:
Todo es de coña-ficción excepto el viejo dibujito..que yo estaba revisando en el baúl cuando Paco escribió lo de la espiral ( ver inicio del blog)
Insisto: Demasiadas coincidencias.
Éste falsario es producto de la ansiedad que me embarga por ver nuevos documentos
aportados por amigos invertebrables digo inquebrantables.
¿A qué esperáis para soltar prenda?
Me tomo una tortilla de orfidales para esperar.
Abrazos y ósculos.



BBBlaki - 62 - Filmografía - Los orígenes

video

Magnífico escenario para dar los primeros pasos en esto del cine:

Cornalbvo.

Me acompañan mi madre, mis hermanitas y mi tata Inés.

Año : 1962

Blanco y Negro

Original en Super 8

Disponible en DVD - Extreme Quality

El coche del Sardiña




Puesto que de la Charca hablamos, se hace imperiosa la necesidad de citar el Dyane 6 de Fernando. Coche de colosal aforo: teniendo la precaución de abrir la capota, llegó a desplazar, sin quebranto substancial, catorce o quince vertebrados por viaje. El único asiento individual era, por razones obvias, el del conductor. En una ocasión, Antonio Humanes dio en opinar que el exceso de peso aconsejaba hacer banda en las curvas. Convenciónos de la veracidad de sus planteamientos, apoyándose en buena parte de las leyes de la cinética, por lo que en el siguiente viraje poco faltó para que consiguiéramos volcar. La pericia del auriga y el carácter bravío de la montura sortearon la calamidad.

Sería deseable que alguien subiera una foto del auténtico coche del Sardiña.

Buscando gayumbos y bragones - Proserpina

Blaki - Nano - Lito


Lo primero que hice cuando vaciaron Proserpina fue ir a buscar entre el cieno tanto gayumbo y bragón perdido al saltar empelotes desde el pico la muralla.
Encontré dos piezas en buen estado. Les hice las pruebas del carbono 14 y resultaron ser de CAVE CANEM.


Noticias frescas:


OOOOOssssssttttiaaaa,,,,, cohone,,,
wenas noticias....
MIGUE MENDOZA ma mandao un mensaje felicitación por Violeta esta mañana,
le dije que colaborara en el blog...
ma contestao hace un momenmto ...

Ma contestao que hacía un mes que está sin internete pero que lo ha visto
en cá un amigo en Sevilla y que le ha parecío linda
y que quiere colaborar...

MENOS MAL QUE NUESTRO ESFUERZO NO ES EN VANO

!!!!MAGNÏFICA DOCUMENTACIÖN; PAKO!!!

kojonudo lo celtorral !!!!

A LA RECHERCHE DU TEMPS PERDU

EeeeeEEEEEEeeeeee marions les roses
Les roses font un beau bouqueeeettttt...!!!!

Hay que joé que le dábamos a tó los estilos..!!!!

Que no dekaiga, ammmmbíiiiiiiwos!!!!!!

El menhir de cuarzo - Cuento atlántico - BBBlaki - Artkeo Atrivm Editions




A duras penas consiguió salir del auto. Un Saab verde picoleto tipo escarabajo del 69.

Por entonces Dioclón ya estaba como una foca y su padre le llevaba de perrillo

acompañante en las cacerías de tórtolas donde se aburría soberanamente. Quizá lo único

bueno para él eran esas caminatas por las dehesas donde se sudaban por los cuatro

costados las migas con sardinas del amanecer y las paradas para beber del pellejo de

vino y que él aprovechaba para recoger del suelo castañas y bellotas y así recuperar las

energías perdidas.

Ya parapetados en el puesto de caza, a la espera de los gritos, aullidos y caceroladas de

los batidores, tenía que permanecer en absoluto silencio y en cuclillas, pues sólo había

una silla plegable de pinchar en el suelo y ésa era para el tirador.

De vuelta para el cortijo al atardecer con los tímpanos reventados, Dioclón tenía que

cargar todo modorro con los cartuchos, las cananas, el puesto y la maldita silla de pico

plegable que se desplegaba cuando quería y se clavaba en la espalda, a traición.

Si se encontraban con otros cazadores y había alguna pieza moribunda enseguida le

enseñaban a retorcerle con maestría el pescuezo para que no sufriera más la pobre

palomita.

Si era un conejo o una liebre se daba un golpe de kárate. Y por último la exposición y el

sorteo de los cadáveres como si aquello fuera una lonja.

Estaba tan grueso que se quedaba encajado en el coche. Quizá comer tanta tórtola y

perdiz le hacía un gordo infeliz.

-“¡Niño, a ver...! ¿tú qué vas a querer: chocolate o lomo?” bromeaba uno de La Nava con

él, a la vez que destapaba una tartera repleta de tortilla y jugosos filetes empanados.

-“ ¡Chocolomo!, se apresuró a contestar como lo hubiera hecho cualquier perrito hermoso

de la provincia de Badajoz en pleno aquelarre merendil.

Todo aquél largo y tormentoso día desde las cinco de la madrugada había sido su

cumpleaños y encajado entre la palanca de cambios y el salpicadero oyó de su padre las

mágicas palabras:

-“Felicidades, hijo”, al tiempo que le besaba y le daba una docena de tirones de oreja. Se

esparcía en el habitáculo un poderoso olor a sangre de liebre y a montuno.

Apagó el motor y tomó del asiento trasero un paquete rectangular alargado en vuelto en

papel de estraza duro de color marrón claro y se lo entregó.

Permaneció unos instantes embobado observando las fogatas próximas al terraplén del

río Guadiana y los autobuses de los portugueses aparcados en redondel.

El tiovivo ya estaba apagado y entre los caballitos se adivinaba la luna menguante.

Esperaba abrir la caja y encontrarse al fin con el violín al que tantas veces había ido a

visitar en tren a Almendralejo engatusando a los amiguetes con recorrer mundo y pegar

las narices en el escaparate de la tienda de música.

-“Felicidades”, repitió su padre, “esto es algo que todo joven desearía tener, y, ya que

cumples doce,aquí tienes el regalo más adecuado: Una Beretta del doce”.

Las lágrimas se deslizaron como gotas de mercurio por sus prominentes carrillos.

Ahora aparecían mil hogueras centelleantes.

La luna menguante se doblaba en el espejo del río. Mi padre apesadumbrado bajó los

párpados y torció el cuello hacia su ventana. Tomó el arma suavemente y acarició la

impoluta culata de cedro una y otra vez. Detuvo sus dedos en los relieves grabados al

buril de las placas de acero próximas al gatillo y le miró fijamente.

-“Esto es una maravilla italiana. Un prodigio de escopeta. ¿Es que no te gusta?

¿Preferirías una repetidora, o acaso un Winchester?, le interrogaba desesperado.

Ya no se apreciaba ninguna fogata y menos aún el redondel de autobuses. Un nubarrón

ocultó la luna del parabrisas.

Gimoteando balbuceó a duras penas:

-“Tu sabes de sobra que lo que quiero es un instrumento sólo de madera y un arco.

Odio disparar, y más aún matar a los animalitos. Quédate para ti esa Beretta. ¿Para qué

la querría?, le reprochó.

-“Eres un pusilánime”, sentenció definitivamente saliendo del coche dando un portazo.

Permaneció encajado en el Saab verde durante un cuarto de hora más, pero con la

certeza absoluta de que en el próximo cumple tendría su adorado fetiche.

También supo que jamás volvería a ir con él de tórtolas. Para quemar las naves, y como

despedida de su desafección a la caza, asintió en ir de montería a unas sierras cercanas a

Castelo Branco.

Fueron tres días llenos de aventuras que marcaron para siempre su vida al conocer

a Pelinho, el hijo de la guardesa de la finca y perrillo ocasional como él.

No sé si fue a mala idea, pero al poco de nacer frente al manicomio de Mérida se les

ocurrió a sus progenitores bautizarle con el sonoro nombre de Dioclón.

A los pocos meses sus padres comenzaron a servir como mayordomo y cocinera para

unos marqueses que habitaban una casa que estaba adosada al templo de Diana.

El marqués sufría gota y el rechineo de la sangre acristalada de su pierna sonaba por

toda la casa, cuando no sus aullidos y el crujir de jarrones y porcelanas rotas

cuando le daban los perrengues. Aquello parecía una boda griega.

Una mañana de invierno que caía granizo la casa se inundó de mujeres de negro llorando

con ramos de flores. El marqués había muerto. Tras los funerales la marquesa marchó a

Gerona para no volver jamás.

Se supo años más tarde que desapareció un día de fuerte marejada junto con un

financiero parisino cuando navegaban por el Mediterráneo.

Pero hasta que sucediera esto, su madre había alumbrado a su hermana Lidia bajo la

segunda hilera de columnas gigantescas de granito unidas a las paredes. Llevaban más

de siete años sin los marqueses.


Pelinho Pitusirgu vio el mundo en un chozo de pastores a mitad de la cañada que sube

desde Évora a los cromeleques prehistóricos. El azar hizo que tras emigrar su padre a

Suiza o a Suecia, ni él mismo sabía a donde lo enviaban, su madre se puso a servir en un

caserón frente al templo, llevándose consigo al pequeño Pelinho con apenas tres años.

No volvió sino tras casi treinta años después totalmente pelado de divisas pero luciendo

un Mercedes diesel descapotable.

El destartalado caserón hacía esquina con otra travesía empedrada con una pendiente

muy pronunciada. A esta calle daba la habitación asignada al servicio, pero asomando el

pescuezo a la reja, Pelinho veía las columnas corintias y a Venus y la luna sobre ellas.

Miraba los astros que como un reloj invertido circunvalaban el cielo y se imaginaba a sí

mismo de bebé despanzurrado boca arriba en las calurosas noches de verano mientras

sus padres, hombro con hombro, le susurraban un canto alentejano.

Haber nacido en la proximidad de los cromeleques entre amanitas cesáresas con todo el

cielo abierto le hizo familiarizarse con las estrellas.

Pertenecía la casa a un viejo almirante que pasaba más tiempo en Porto Covo, con otros

viejos marinos que en ella.

Tiempo atrás permanecía largas temporadas para reponerse de la malaria, la tisis

u otras raras infecciones que cogía en inmundos puertos de África, Brasil o Asia. Tras

estas crisis el caserón rezumaba felicidad por todos los rincones.

Cada año el almirante Liria llegaba delirando por cualquier fiebre extraña y cuidado por

nativos esquimales, indonesios o chamanes de la Patagonia.

A la mínima mejoría los llevaba a conocer los cromeleques en plena noche y emplazaba a

cada uno a subirse a las ciclópeas piedras y a aullar o susurrar conjuros y cánticos al

cielo mientras él se situaba en el centro del circulo que aquellos formaban pertrechado

con un sextante en la mano y un pico y una pala colgados en la espalda.

Mientras los indígenas vociferaban, él medía las distancias de las estrellas y los planetas

de un lado a otro de la eclíptica y del ecuador, daba pasos hacia atrás,

volvía sobre sus pasos, giraba a la izquierda y avanzaba varios pasos. Continuaba su

baile geométrico hasta que exhausto exclamaba:

-“Es aquí. Venid todos, creo que esta aquí debajo”, señalando el trozo de tierra que tenia

bajo sus pies.

Comenzó a cavar con ímpetu, mientras los demás le observaban con sorpresa. Un joven

liberiano que hizo el amago de coger la pala para mover la tierra amontonada fue

reprendido severamente por el marino.

-“¡Quieto, insensato! Toda esta tierra es sagrada y, si este no fuera el lugar, cada grano

de arena debe volver al sitio exacto donde ha yacido durante milenios.

Prosiguió excavando él sólo y al llegar a una profundidad de dos metros subió de la

trinchera y comenzó a depositar cuidadosamente con la pala toda la arena.

-“Vámonos”, dijo, sacudiéndose las manos, “lo que necesitamos ahora es un buen

desayuno”. Los nativos subieron al remolque mientras despuntaban las primeras luces del

alba. El almirante arrancó el tractor y siguiendo la cañada alcanzó su casa junto al templo.

Todos comían del caldero de frijones con almejas y escuchaban la concertina que el

almirante sacaba del baúl con la que interpretaba valses dulzones poniendo fin a las

jornadas de insomnio.

Todos los campesinos, entre los que se encontraban los padres de Pelinho, veían primero

con extrañeza y posteriormente con cariño y agrado aquellas excursiones multiétnicas al

cerro de los dólmenes.

Los vecinos comenzaron a intimidar con los nuevos inquilinos, bien fueran a buscar un

remedio indio para las migrañas, tejidos y bordados artesanales andinos o recetas de

cocina china.

Llegó de su último gran viaje moribundo con medio cuerpo engangrenado lo que supuso

el principio del fin de aquellos años babélicos y multirraciales. Al almirante le amputaron el

brazo y la pierna derecha y terminaron para siempre las mágicas excursiones.

Poco a poco la casa quedó vacía. Ya nadie soportaba el continuo mal humor y las

irracionales órdenes del retirado almirante Liria, sólo ocupado en vaciar botellas de bagazo

y ron y llenarlas con barquitos de madera que en pleno delirio estrellaba contra los

muebles holandeses.

Al hacerse cargo del cuidado del enfermo y de la casa la madre de Pelinho encontró un

panorama desolador. Todo el suelo alfombrado de cristales y barquitos rotos. Habían

desaparecido los bellos muebles holandeses, los sacos de especias orientales, las largas

ristras de salazones, la colección de relojes de pared del siglo XVII y hasta las macetas

de plantas exóticas que con tanto esmero regaban los gemelos de Recife cada noche de

luna llena tras danzar su copoeira.

El palacete saqueado y el almirante postrado en la hamaca vomitando órdenes a los

gatos y perros callejeros que campaban a sus anchas por los salones deslucidos.

Hubiese preferido seguir en el chozo con su suelo empedrado con cemento, su jardín de

cañaverales y la alberca comunitaria de los nenúfares y las libélulas que

aquella solemne pocilga que olía a éter y a orín, mas había que alimentar a la criatura y

para ello comenzó por limpiar a fondo la habitación que le había asignado el envejecido

almirante. La que daba a la travesía rampante.


En la montería de Tras-os-Montes se cruzaron los caminos los adolescentes Pelinho

Pitusirgu, hecho un fideo escuchimizado, y Dioclón de la Hoz, gordito relleno rosáceo.

Dioclón, a estrenar la escopeta del doce, aunque sólo lo hiciera para agradar a su padre y

con la intención de probarla exclusivamente sobre latas de conserva vaciadas previamente

por él mismo. Pelinho, porque acompañaba al nutrido grupo de batidores y entre otras

faenas era el encargado de cuidar que no se desbandaran los mastines y los fox-terriers.

Ya bien iniciada la cacería, bajo el chaparro y las retamas que conformaban el puesto

camuflado Dioclón oyó un grito que no era como el de los batidores, sonaba desgarrado y

quejumbroso y parecía proceder de una mojonera con alcornoques secos que habíamos

dejado atrás. También lo percibieron los batidores. Hubo un silencio sepulcral que duró

unos largos segundos y al momento se oyeron los gritos de socorro entrecortados.

Dioclón no se lo pensó dos veces, soltó la Beretta y corrió hacia la mojonera con toda la

velocidad que la inercia daba a su voluminoso cuerpo, sorteando pedruscos y sembrados.

Los mismos gritos habían inquietado al moreno y espigado Pelinho que tras atar a los

perros a una encina corrió como un venado hacia el lugar dos cerros más allá de donde

batían.

Cuando llegó a la mojonera vio que Dioclón tiraba de los brazos de un joven cazador que

se había hundido en una ciénaga de barro caleño seca y cuarteada en la superficie.

Ahora quien gritaba era Dioclón que al tirar del hombre se hundía también. Pelinho se

quitó el cinturón y los pantalones, los anudó y los lanzó por encima de una rama principal

del alcornoque seco, soportando el peso de la cadena humana hasta que llegaron más

batidores y cazadores a socorrer a los tres.

Pasado el susto todos caminaron hacia el cortijo sin ciervos ni jabalíes, pero contentos

por una heroicidad de la que ni Pelinho ni Dioclón eran conscientes.

Una vez en el cortijo y enterada su madre de lo ocurrido preparó ésta en el

horno un enorme pastel de perdiz adornado con huevo hilado que batidores y cazadores

degustaron, poniendo en común sus tarteras y destapando los corchos de varias garrofas

de arroba de vino.

Pelinho y Dioclón tomaron un puñado de huevo hilado en una mano y un trozo de lomo

en la otra y salieron a ver los coches de los cazadores, a mirar los cuentakilómetros a ver

cual era el más veloz o a manosear las mascotas metálicas de los capots: las victorias

aladas, los relucientes impalas, los jaguares, los dos caballos...

Alguien no había cerrado la ventana de un Peugeot y allí encendieron el habano que les

había dado el padre del accidentado tirador.

Comenzó a llover y Dioclón y Pelinho subieron al auto a los asientos delanteros de hule

color crema. Entre calada y calada de puro, Dioclón preguntaba en castellano

nerviosamente y Pelinho se esforzaba en contestarle lentamente en portugués para que

aquel le entendiera.

-“Deves- tu falar mais lento, muito mais calmo...”, le indicaba cada vez que el español se

aceleraba.

Pelinho había ocupado el asiento del conductor y movía el volante jugando a conducir.

Dioclón reclinó el asiento del copiloto exhalando roscas de humo en dirección a la ventana

entreabierta.

El portugués fantaseaba con los pedales y la palanca de los cambios. Tanteó bajo el

salpicadero percatándose de que estaban las llaves puestas. Arrancó el motor con la

marcha atrás metida y el pobre Dioclón se estampó contra el parabrisas primero y se

encajó entre el salpicadero y el asiento después. Pelinho tiró del freno de mano y apagó

el motor. Dioclón lanzó por la ventana el puro que estaba agujereando el asiento y le

rugió:

-“Pero...¿Estas loco, o qué? ¡No me has matado de puro milagro!, ¡vámonos de aquí!

-“Calma, Dioclón tem calma...Le respondió el batidor arrancando de nuevo el vehículo,

pero esta vez en punto muerto. Ambos se miraron y rieron a carcajadas. Sin pensárselo

dos veces Pelinho se dirigió conduciendo hasta la puerta trasera del cortijo. Dejó el motor

encendido y bajó rápidamente del auto. Recogió un zurrón y una talega con pan y queso

y subió de nuevo al Peugeot burdeos.

La tromba de agua caía con más potencia. Dioclón hurgó en la talega y pellizcó un cacho

de queso sin pan, para no abusar. Pelinho aceleró y encendió las luces para recorrer el

túnel de abetos y pinos que daba entrada a la finca. Pelinho veía a través del retrovisor y

de la lluvia cómo se empequeñecían y se alejaban las pocas luces del cortijo.

A Dioclón le daba tres cuartos de lo mismo quedarse sin su Beretta.

Atravesando dehesas y sembrados, caminos de tierra y veredas empedradas, salieron a la

carretera general. En el cruce dudaron si tomar la carretera para Elvas o para Évora

decantándose ambos por ésta última.

Dioclón puso la radio y un cantante de moda cantaba:

“Oh Elvas, Oh Elvas, Badajoz a vista

eu so contrabandista de amor e saudade

eu porto no peito a minha verdade..”

Comenzaron a radiar un partido de fútbol, y tras cambiar el dial varias veces y no

encontrar nada interesante, Dioclón la apagó. A pocos metros de una gasolinera Pelinho

detuvo el coche en un camino . Continuó a pie hasta la estación donde rebuscó dos latas

que llenó de gasóleo y volvió para vaciarlas en el depósito.

Sacó de la talega un trozo de queso y otro de pan y Dioclón farfulló:

-“¡Joder con el queso...! ¿Es que no has traído nada más? ¡Estoy lampando de hambre!

-“Caminhante de pâo mole hoje y queijo quente amanhá ...” canturreó el portugués,

lanzando el vehículo rumbo a la ciudad amurallada.

Durante el trayecto relató al hambriento Dioclón algunos episodios de la vida y aventuras

del enigmático almirante Liria que había oído de labios de su madre o de las sastras que

venían a cortar y pespuntear la ropa del lisiado, al cual había visto de pascuas a ramos,

en las contadísimas ocasiones que venía de jugar la partida de Sines o de Porto Covo

donde permanecía la mayor parte de su tiempo en estado ebrio.

La tormenta había cesado. Un cartel de la carretera indicaba que habían

llegado a un pueblo llamado Azaruja. Sintió Dioclón un miedo ancestral al pronunciar ese

nombre y paró de rebuscar en el fondo de la talega los restos en polvo de algún polvorón

o mantecado. Pelinho frenó en seco y apagó las luces justo al final del pueblo, justo

frente al cementerio, cediendo el volante a su compañero que literalmente se había

cagado las patas abajo.

Volvió a sentir Dioclón el mismo bochorno que cuando su padre le regaló la escopeta, los

mismos escalofríos y la misma sudorina solo que un poco más sucio.

En ese único momento de su vida hubiera preferido tener a mano la Beretta, la repetidora

o la superpuesta y haberse liado a tiros con una liebre, con un conejo

o con cualquier fantasma o bicho que volara antes que a aquella talega vacía. “A más

miedo, más hambruna” que pensaría el zampabollos.

-“Precisas um burgulho, mais agora deves-tu conducir la carrinha”, animó a Dioclón y

prosiguió:

-“Olha a estrada e no adiantes a ninguem, tem muita calma” . Pelinho rebuscó en el

zurrón que no se había descolgado desde que saliera del cortijo y extrajo de él un juego

de llaves oxidadas.

Con una amplia sonrisa las mostró a su compañero para que se enterara de que estaban

salvados.

Lo poco que Dioclón alcanzaba a otear entrando al volante en la ciudad no hacía sino

recordarle a su pueblo.

La visión de las murallas le ayudaba a vencer el miedo y las señas que le hacía Pelinho

con medio cuerpo fuera del vehículo le envalentonaban:

-“ A dereita. Bem. Agora a esquerda. Muito bem. Uma mais a esquerda. Recto. Todo bem”

Llegaron por calles angostas a una plaza grande donde había tres taxis y algunos metros

más allá de éstos aparcaron el Peugeot no sin antes dar dos vueltas y esperar a que

quien parecía un sereno entrara en una taberna aún abierta.

Salieron del auto y subieron la calle empedrada con más pendiente apenas iluminada por

una bombilla amarilla y temblorosa. Llegaron a otra calleja todavía más lúgubre bajo la

tormenta que arreciaba. Pelinho detuvo la marcha y agarrando la reja de una

ventana y señalando con la otra las nubes que viajaban veloces entre los rayos le señaló

a Dioclón dónde pasó toda su infancia y hacia dónde miraba siempre desde la ventana del

palacete.

Pelinho avanzó unos metros hasta doblar la esquina. Dioclón no apartaba la vista de la

cortina de nubes espesas, observando maravillado cómo iban apareciendo las cornisas,

los capiteles y los largos fustes del templo de la diosa cazadora.

Un silencio pétreo envolvía las calles empedradas, sólo roto por los maullidos y ladridos

de una pesecución animal.

El firmamento volvía a despejarse. La constelación de Orión presidía el cenit.

Subidos ambos al umbral de mármol del caserón permanecieron largos minutos en

silencio. Ahora roto por el silbido y el traqueteo lejano del ferrocarril.

Tanteó de nuevo Pelinho el fondo del zurrón de pellejo de cabra blanca y apretando con

fuerza el manojo de llaves volvió a mostrárselo al español. Los corazones de ambos

emitían fuertes latidos que resonaban a compás. Por fin, el portugués introdujo la llave

oxidada en la cerradura, y tras varios intentos se oyó que corría chirriante el aldabón

desde el interior.

El portalón estaba hinchado y atascado fue preciso que Dioclón le diera un buen culetazo

para que se abriera. Ya estaban dentro del zaguán. Ya se preparaba el gordito para

empujar la puerta de cristales ambarinos y derribarla cuando el flaco precipitó otra llave en

la nueva cerradura abriendo esta vez sin dificultad.

A tientas recorrieron la primera habitación en una oscuridad casi total que sólo salvaba el

débil haz de luz de las constelaciones.

A trancas y barrancas pudieron abrir las contraventanas atascadas y elevar las persianas

hasta la mitad. Se tumbaron ante ella sobre el viejo suelo de parqué. Pelinho se

puso como almohada el zurrón. Dioclón acomodó su cogote sobre la talega del queso.

Ambos exhaustos, cayeron en los brazos de Morfeo. La habitación se llenó de ronquidos y

las nubes espesas descargaron sobre la vieja casa toda el agua que contenían. El gato

del templo había conseguido zafarse del perro perseguidor.

Pese a que el joven Pelinho había pasado prácticamente toda su infancia en la mansión,

no la conocía entera ya que su madre le regañaba severamente si le pillaba toqueteando

alguno de los pocos y raros objetos que aún le quedaban al siempre ausente almirante.

Nada más despertarse, los adolescentes se dirigieron a la cocina y arramplaron con una

lata grande de caballa de la alacena sin entretenerse a mirar la fecha de caducidad,

devorándola sin contemplaciones.

Habían pasado ya tres años desde que la madre cerrara definitivamente el portalón

porque el viejo marino no daba señales de vida y el olor a bacalao y otros salazones

todavía perduraba en la despensa. Empachados de caballa en escabeche fueron

abriendo una a una todas las ventanas.

Cuando Dioclón elevaba la persiana de la que fue la habitación de los Pitusirgu, pasaba

por la calleja un campesino de rostro surcado y renegrido con su yunta que le saludó con

un enorme bostezo:

-“Bom dia. Asim desperezam-se os galgos”, y siguió calle abajo con los bueyes. El

español asintió sin decir palabra, no fuera a meter la pata. Se alejó de la ventana y

cuando curioseaba entre los viejos libros del anaquel dos mujeres enlutadas pararon

frente a la reja.

-“Olha, Susana. Já voltou o marinheiro”, le dijo una a otra que se atusaba el moño.

Dioclón se asustó tanto que perdió el equilibrio y cayeron todos los libros de la estantería.

Pelinho , que se encontraba en el desván, llamó a su amigo para que viniera enseguida.

Dioclón subió jadeante a la segunda planta y a través de una escalera de caracol accedió

al polvoriento trastero.

Pelinho hacía sonar el manojo de llaves como si fuera un campanillo mientras su amigo lo

observaba con la lengua fuera.

Otra vez ante una cerradura. Ahora el baúl del almirante. Las ratas arañaban las tuberías

y huían por los canalones de cinc. Toda la superficie del baúl estaba blanquecina de

excrementos de palomas. La uralita y la claraboya de plástico dejaban entrever las patas

de los pichones.

Pelinho introdujo la llave y con la ayuda de su compañero consiguió destapar el arcón.

Levantaron las telas pintadas de los indios navajos, los bordados peruanos y varios

planisferios celestes que se deshacían al tocarlos.

Dioclón miraba perplejo lo que aparecía ante sus ojos:

Un catalejo, el sextante y la concertina del almirante Liria. El fuelle del instrumento no

resoplaba desde antes de que el marino llegara con los miembros engangrenados.

Dioclón había encontrado el instrumento de sus sueños. Lo tomó entre sus manos como

si estuviera vivo. Acarició las estrías de madera de raíz carcomidas de salitre. Insufló los

pulmones de su fuelle de tela de biombo floreada y brotaron las notas tanto tiempo

cautivas.

Pelinho manoseaba el catalejo y se preguntaba para qué valdría el otro raro aparato, mas

le daba igual, ahora estaba absorto escuchando la melodía del hexágono mágico.







Los adolescentes no sospecharon que el vigilante de la plaza fuese abstemio y, tras

tomarse un zumo con la dueña de la taberna, tomase nota de la matrícula del coche,

diese parte a los guardias y se chivase de que había un Peugeot estacionado en la

parada de los taxis.

Por otro lado, en el cortijo al anochecer comenzaron a echar en falta a los chavales. Por

mucho que hubieran sido los héroes mojoneros de la primera jornada de montería, nadie

les había concedido el pase per nocta.

La lluvia disipaba enseguida el calor de las arrobas de vino del festín a los batidores

que salieron inmediatamente en su búsqueda en caballos, mulas y motocicletas Rieju.

El padre de Dioclón tuvo un presentimiento trágico y de inmediato se dirigió a la ciénaga

de la mojonera empalmando un cigarro con otro.

La madre de Pelinho iba tras el gritando y maldiciendo una letanía.

Los cazadores se repartieron los mastines y los fox-terriers que tanto había cuidado

Pelinho y corrieron por otros senderos a hallar algún rastro.

Uno de ellos comprobó que su coche no estaba y al momento dio la voz de alarma.

Uno a uno fueron volviendo todos sin haber hallado ninguna señal y ni el más sabueso

hubiese encontrado una huella a causa del temporal.

Varios vehículos fueron a recorrer el camino hasta la carretera general. Unos se

adentraron varios kilómetros hacia la frontera de España sin encontrar nada. Otros

tomaron camino de Évora hasta la gasolinera y preguntaron pero el encargado acababa

de entrar en su turno y no había visto nada sospechoso.

Al padre de Dioclón se le había terminado el paquete de Bonanza y compró en la

gasolinera un SG.

Se encerró con la madre de Pelinho en la oficina del encargado a telefonear a todas las

comisarías y puestos de guardia de los pueblos más cercanos.

Volvieron hacia el cortijo atrochando con el Saab por sembrados y veredas, por caminos

de piedra y zigzagueando entre los cañaverales, sin poner la radio.

La señora Pitusirgu maldiciendo a la tormenta y el señor de la Hoz apurando los últimos

cigarrillos SG sin boquilla.

Bajaron del coche y se despidieron de los batidores, que estaban de barro hasta las

trancas.

Lo mismo hicieron con los cazadores, una vez que éstos hubieron recogido a los perros.

Paró de llover y las estrellas del cinturón de Orión emergían de unos nubarrones más

oscuros que la noche.

La mastina preñada aullaba a los mochuelos de los quejigos.

La bombilla tenue del establo se fundió.

El cazador entró con la guardesa por la puerta de atrás, mudo y cabizbajo.

Él se sentó en la silla que Pelinho había ocupado hasta ese día. Ella le ofreció un trozo

de pastel de liebre y éste lo rechazó de súbito. Le puso delante un mojicón y él lo apartó

hacia ella.

Sirvióle por último un tazón de aguardiente de garrafa y lo bebió de un trago. Le acercó

suavemente el tazón y la señora se lo lleno de nuevo hasta el borde.

El padre de Dioclón encendió el ultimo pitillo y preguntó a la señora Pitusirgu:

-“¿Tiene usted algún cenicero, por favor?

Ella se acercó muy lentamente al fogón y con una taza de cinc bebió agua de la tinaja.

Llevó después a la mesa un cenicero triangular con una marca de vermouth. Fue a la

habitación de Pelinho y el zurrón tampoco estaba.

Trajo del aparador una botella de anís vacía que rellenó de flores de ajo moradas y secas

y la colocó en medio de la mesa.

Se sentó en su silla. Miró la mano del hombre junto al cenicero.

Le miró a los ojos tras la cortina de flores de ajos y vio que lloraba.

Volvía a tronar. Los dos se levantaron y abrazaron.















Pelinho había oído decir mil veces a su madre que el almirante se fue a Porto Covo y no

volvió más y que por ello tenía el oficio de guardesa, y él, de cuidador de mastines

bonachones y traviesos fox-terriers.

Dioclón relató a Pelinho lo poco que sabía de los portugueses, excepto que cuando

llegaban a su pueblo los autobuses aparcaban haciendo un redondel y a los niños nos

preguntaban que dónde había una fuente.

Que su abuelo se marchó con otros mozalbetes para Lisboa con la intención de ir a

América, pero se quedaron a mitad de camino, esto es, en Évora, donde desde las rocas

talladas de un cerro próximo contemplaron la estrella del rabo, es decir, el cometa Halley

en 1910.

El portugués había leído en un libro del anaquel del Liria que la estrella del rabo se hacía

visible cada 76 años, y ambos hicieron cábalas sobre cuándo la verían ellos.

Pelinho metió en el zurrón el catalejo y el sextante y Dioclón hizo lo propio con la bella

concertina, vaciando previamente la talega de miguitas.

Bajaron toda las persianas y cerraron las ventanas.

Salieron a la calle, se despidieron de Diana cazadora y su templo y caminaron hasta la

estación para tomar el primer autobús que fuera a Sines.

Dioclón se espanzurró ocupando dos asientos y apoyando la cabeza en el cristal.

Se durmió con el sol tibio del medio día dándole en el cogote y abrazando la concertina

encima de la barriga.

El moreno espigado se sentó con una señora que leía un libro con los ojos cerrados y

moviendo los labios.

Él miraba con el catalejo hacia un lado y a otro, lo cerraba, lo volvía a abrir y así hasta la

sierra de Grândola donde empezó a jugar con el sextante.

La señora seguía leyendo dormida.

Curvas por todos lados. Pelinho seguía jugando con el aparato. La señora se espabiló y

sacó del bolso un pan caliente con chorizo.

El tragaldabas de Dioclón también se espabiló.

El olor a chorizo se disipaba. Olía a salitre. Habían llegado al océano, a Sines.








Llevaban consigo la juventud y los instrumentos de navegación, pero les hacía falta el

druida que les instruyese en la magia de las estrellas y ese no era otro sino el almirante

Liria.

El sol estaba cayendo y se asomaron al acantilado. Los delfines saltaban sobre las olas

plateadas.

Permanecieron maravillados en silencio hasta que se ocultó y llegó una racha de aire frío.

Prosiguieron hasta el puerto buscando al lisiado por todas las tascas sin éxito.

El océano estaba cada vez más bravo.

Caminaron por la playa hacia una fortaleza en la que sobresalía un faro recién encendido.

Junto al faro, entre las casas blancas adosadas a la fortaleza, había una tasca y allí

tomaron un zumo e intimaron con el tabernero, que les puso sobre la pista del viejo

marino.

Le dijo a los chavales que hacía tiempo que no venía por allí y que si no había muerto

estaría delirando gravemente en Porto Covo. El tabernero les aconsejó que no fuesen por

la costa, porque el mar “no estava para brincadeiras”.

Se despidieron del amable tabernero que previamente les había preparado un plato

de lulas calientes en su propia tinta y unas mantas.

Al salir de la tasca, el vendaval los abofeteó y empapó de agua, mas pese a ello,

alcanzaron por una vertiginosa escalera una sólida y vetusta mazmorra de la fortaleza.

Dioclón y Pelinho echaron las mantas al suelo y se hartaron de dormir mientras el

maremoto extendía sus zarpas.









Era domingo por la mañana pero aquello parecía el fin del mundo.

Los mastines rugían, aullaban y ladraban como jamás lo habían hecho y los fox-terriers

parecían corderitos asustados. Las ramas secas y el corcho de los alcornoques volaban

como hojas, estrellándose contra las paredes de adobe del cortijo.

El techo del establo había desaparecido y en el gallinero no había nada más que tres

huevos rotos.

Pasó el huracán.

Desatrancaron las puertas y las ventanas y salieron a ver un panorama desolador. No

quedaba nada, excepto el Saab verde del 69 puesto del revés y el maletero abierto.

La madre de Pelinho se llevó las manos a la cabeza horrorizada mirando el gallinero.

Algunos animales iban llegando tambaleantes. Una vaca, un mastín, dos gallinas...

El padre de Dioclón caminó hacia el coche escarabajo y recogió las escopetas esparcidas

alrededor:

La superpuesta, la repetidora, el Winchester, la Beretta... y se dirigió con ellas a la

mojonera.

Ahora salía el sol. Qué tiempo más loco.

Se situó frente al tronco desnudo, seco y sin ramas salvadoras y contempló cómo las

armas que arrojaba al barro caleño, se hundían para siempre en la profundidad de la

tierra.








La mazmorra había resistido y los chavales bajaron exultantes a la playa para emprender

rumbo sur a Porto Covo.

El Sol aquí también vencía a un Bóreas desquiciado.

Pelinho echó mano al zurrón y sacó los aparatos para navegar. En una mano el sextante,

en la otra el catalejo; saltando y bailando.

Dioclón improvisaba con la concertina siguiendo las huellas que su amigo iba dejando en

la arena.

Se toparon con un gran barco pesquero volcado sobre la arena con las lubinas y los

pargos aún vivos.

Salvo los peces, no se veía a nadie y continuaron alegremente sin demora.

Vieron en la lejanía una barca pequeña volcada en la arena y a un hombre tumbado al

lado envuelto en unas redes.

Corrieron a socorrerlo y al desenliarlo de las redes observaron que le faltaba un brazo y

una pierna.

Dioclón lo incorporó y Pelinho le echo una manta por encima y con otra manta lo secó

dándole fuertes masajes hasta que volvió en sí. Pensó por un momento en sus mastines

Pelinho y el almirante Liria se reconocieron al instante. Los tres se abrazaron.

El sol se elevaba con poderío sobre el pueblecito de pescadores.

Los tres abrazados avanzaban por la playa.

El almirante Liria les prometió que la próxima vez que llegara la estrella del rabo, harían

un redondel con la tripulación de su barco, donde las piedras del cerro, y, justo en el

centro, o algunos pasos para acá o para allá, al cavar hallarían el menhir de cuarzo.




























































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lunes, 28 de julio de 2008

Discípulos de Malicorne, émulos de Gwendal

La vertiente celtorra de Cave Canem se debió, por una parte, a la creciente maestría de Blas con el violín y, por otra, al hecho de que no me acuerdo quién me prestó una mandolina. Con la guitarra está Carpincho, con la percusión, Sardiña. Antonio se daba recias palmadas en el muslo derecho, para mostrar su aprobación, al tiempo que marcaba el compás.


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domingo, 27 de julio de 2008

Cartel Revista La Ciudad - Performance

Blaki - Lolo - Quique - Martín en una Performance "Un celebro por persona".
Cartel desplegable revista La Ciudad ( falta el otro cacho, ya lo escanearé enteiro)
Fotos Ceferino López.

¡¡Ése Paco!!!
DOVE TI SEI...??
NON SUCEDE NIENTE..!!
ma ké cosa fae??

FELIZ VUELTA DE LA CIUDAD ETERNA

Akí en pié tus incondicionales-
Convida a tus camaradas a participar.
Avisa a Moi.

Miguel Gallardo

Miguel Gallardo es, sin duda, el guitarrista más elegante que yo haya tenido la fortuna de frecuentar. Pasamos innumerables tardes dándole a la cuerda y al gorgorito. Su especialidad de entonces era Paul Simon, de quien conocía hasta el último entresijo. Solía recriminarme mis desafinos en la voz, pero sé que lo hacía por mi bien. Me enseñó, con infinita paciencia, a tocar este Blackbird que, en la actualidad, sigo usando para sonorizar la guitarra.


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Aquí te esperamos, amigo

Cave Canem - Ilustración de Antonio Cascón El Gallego


Antonio el Gallego, el Vásked y Blaki nos fuimos a la vendimia al sur de Francia.

Pirineos parriba, Pirineos pabajo.

No cogimos ni una uva.

A Barcelona de nuevo y de allí a Santander por los Pirineos otra vez.

Recorrimos Asturias y Galicia.

No recuerdo si era un dibujo perteneciente a una carta o si lo hizo in situ en un cuadernillo pero he aquí un documento interesante para nuestra Mérida 75 - La Tabla del Jamón.

Escaneado del original a 600 p´xeles.

Papel amarillento

Dibujo a boli negro

12 x 9 cms.

sábado, 26 de julio de 2008

Viajes míticos - Gran Raid del Suroeste

Quedamos a las 7 de la mañana en la gasolinera de Luansa con la intención de largarnos a París en moto.
Hacía un frío del carallo y encima estaba cerrada. Nuestra idea de París se iba desvaneciendo con los primeros rayos y con la neblina guadianera.
Las motos cargadas hasta las trancas con violín y guitarra incluidos.
Primera caida del tubo de escape de la BMW a las 7,45 h.
Tiramos para el surtidor del capirucho situado entre la Cepansa y Villamargarita.
Llenamos los depósitos y pusimos rumbo Oeste - Suroeste para tierras lusas.

Oh,, qué gozada, llaneando por esas comarcales hasta Lisboa.
La vorágine del tráfico lisboeta, los taxis Mercedes negros con capota verde a toa tralla por la urbe, cruzando entre tranvías, las cuestas empinadas y las subidas morrocotudas, el castillo, el puerto, las lulas, los camaraos, la Sagres...
- ¡Una mais Imperial!
Flipando que es gerundio a cada momento con los azulejos o las flores de plástico.
A escuchar fados con la barriga llena de zapateira y el cerebro obnuvilado de bagazo.
A acampar en cualquier trozo de campo. Deshacer el petate. Arreglar con un alambre el tubo de escape otra vez. Dormir una miajina y en pié de nuevo, o mejor, rodando por caminos costeros pal Algarve.

Kilómetros y kilómetros on the road again hasta la puesta de sol.
Paramos en un acantilado nos asomamos al precipicio y alucinamos con la fiestorra que tenían montada una peña y pallí que nos espetamos.
Cantamos temas de Carol King, James Taylor, Leonard Cohen..
Momentos erotómanos - etílicos de magia atlántica.
En la oscuridad de la noche sin luna una hoguera encendiendo nuevos sentimientos..
Sueños de arena en las calas..
Sábanas de algas.

Y roando pal Cabo San Vicente con las motos llevándolas el poniente en punto muerto.
Otra vez caida libre del escape.
Alambre mágico al canto.
Venga otra buena tupa de kilómetros..
A dormir a Lagos. Fonda, ducha y paseito.

A conocer nuevas calitas.

A pescar, a bucear, a hacer ahogadillas... y en marcha pa Vilarreal de Santo Antonio.
Se agotaron los escudos.
El tubo de escape se llena de erupciones salitrosas.

Hay que bordear todo Doñana para llegar a Rota y eso hicimos para pasarnos a ver a nuestro fiel Carpincho, que como buen guía nos enseñó la parte yanki del pueblo para terminar como era de prever en la playa cantando y gozando...

Rumbo norte parada y fonda en Jerez con visita a los hermanos Mateos.
Nos recibe Gabriel y como buen cicerone nos mostró las excelencias de su bodega.
Asió la guitarra y se marcó unas bulerías que nos dejaron estupactos de dicha,
Cómo tocaba de bien, se lo había currado de lo lindo desde que no nos veíamos.
Magnífico Gabriel. Hasta pronto, artistazo.

Pa Sevilla con viento cálido.
Parada de avituallamiento: Claras y huevas. Claras de cerveza y guevas rebozadas o vinagreta.
Sablazo que te crió. Justo nos keda para medio galón de gasolfa que nos lleve hasta Emerita Angustias.
A Vázked le da el mal del sueño y se me duerme cada 5 ó 6 millas.
Le insuflo agua en spray para espabilarlo.
Menos mal que ya asoma el gran paquidermo sedente de Arroyo en la lontanaza.
La road moovie toca a su fin.

viernes, 25 de julio de 2008

De oca a paloma - Relatos cortísimos - BBBlaki

De oca a paloma

Hay que superar el miedo al picoteo para introducirse uno en un gallinero y llenar la cesta de mimbre que me ha proporcionado la señá Ignacia. Previamente, he calmado a las gallináceas con unas suculentas mondas de melón y maíz.
Por ser fin de año, Vito, el guarda, nos ha invitado a su chozo a tomar unos polvorones con anís hechos en El Carrascalejo.
Hace dos docenas de años hoy, se repitió la misma cita.
El chozo estaba a tres carreras de mula del cortijo. En aquella ocasión, Ignacia afanóse en mostrarnos una foto en la que aparecía su hijita saludando al Rey Ubú. Vito rellenaba una y otra vez los vasos de pitarra acompañados de tapas de paté de oca y pastel de liebre con huevo hilvanado, no hilado.
Al calor de los leños, los chistes y las risas se expandían por la dehesa como música procedente del hexágono invernal de las estrellas.

Videos veraniegos - Jam en la piscina del Palomar

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El Cristóbal-El Guti-El Chiqui - Angelito y BBBlaki

en un video-clip grabado por alumnos de televisión.

Se ve y oye mejor en el DVD original.

jueves, 24 de julio de 2008

De coniuratione Pollinae - Desde Emerita a Roma

Imagen del Alcandoria en el mítico concierto: Diego Regodón "El Choto" con el Rikenbaker, Miguel Gallardo "Traque" y BBBlaki.
Carlitos Contreras - Ñoño - Carlitos Fernández - Miguel Gallardo y BBBlaki

MI QUERIDO MIGUEL GALLARDO

Qué sorpresa más grande me das, amigo...

Brevemente te digo cómo se han sucedido los acontecimientos.
Te digo sorpresa porque a ciencia cierta no sabía cómo te ibas a tomar lo de ver publicada esa foto tan entrañable que hizo tu padre y que una y mil veces yo te pedí.
Gracias.
Yo ya la tenía pero me quedé sin ella pues estaba en un talegón con otros muchos dibujitos, canciones, escritos, universos, poemas, toda mi colección de Hojas Parroquiales del Alcandoria, todos los números del Holo de Lolo Cerro, las portadas en acrílicos del Avogadro, caricaturas, carteles preciosos que nos hacía Antonio Cascón el Gallego, que eran para flipar, etc, etc,, es decir todo mi bagage documental que siempre me acompañaba, pequeños trozos de alma que representaban una parte por el todo
De nuestras vivencias.
Amablemente Javier me ofreció la habitación 18 del palacio de Salamanca para lo que precisara
Y allí la deposité.
Javier había heredado un castillete.
Años atrás Javier me iba a buscar a mi buhardilla de San Justo para que le acompañara a casa de sus tías y les tocara un poquito con el violín.
Recuerdo que les toqué un rebujo que empezaba por Grappelli y terminaba por Eduard Grieg, u once.
Una de ellas taraeaba y hacía gorgoritos y otra con el pelo gris brillante cantaba en francés debuten, claro, es que eran gabachas.
Nos servían unos anises y hasta la próxima.
Todo concluía con la promesa de regalarme la habitación 18.
En resumen, que, cuando al cabo de los años- 15 o más - fui a buscar la talega vé tú a saber dónde estaba.
Buen viaje llevó.

Sin irme por las ramas:
Hace pokísimo dio conmigo Paco Pollino buscando en la web, en el myspace,,
Nos escribimos y nos contamos.

Ke yo recuerde no nos veíamos desde el 83 o pallá.
Una sóla vez nos volvímos a ver de raspajilón en la DT, me parece que Paco iba con Moisés Bazán. Fue un breve encuentro nocturno.
Y desde entonces hasta ahora.
Siempre lo he llevado en la memoria y me he reído mucho por dentro acordándome de sus guitarreos, celebraciones (de cerebro), voces y ocurrencias.
Nuestros caminos se separan pero no nuestro espíritu compartido – kónio, Lucas Tanner.

Empezamos con la revitalización de la escritura epistolar y en ello estamos.
No se si esto le traerá al fresco a terceras personas.
Si nuestro pasado muere con nosotros..
¿Son más interesantes las biografías de famosos que las nuestras?
Nuestras anécdotas comunes tienen su sitio en el limbo de la fantasía global.
A animarse pues y a documentarse, vitaminizarse y mineralizarse

QUERIDOS AMIGOS: Sólo pediros comprensión por las opiniones, imágenes,etc.. vertidos en el blog : http://merida75.blogspot.com/ que administra nuestro buen amigo Paco Pollino, investigador y comunicador insaciable. Paco está ahora de vacaciones en Roma y es quien os tiene que invitar al blog para que así podáis comentar, negar, reir, renegar,, desdecir, flipar. Hablé con Lolo Cerro y se interesó.Mi amigo Angel Blanco, que estudió conmigo 1º de carrera en Cáceres me confiesa quea él no le interesan para nada ni internet ni los blogs ni nada que se parezca. Hoy me escribe Miguel Gallardo y me dice que quiere colaborarpor esto envío mayormente estas cuatro letras a Paco Pollino por si abre su correo y puede mandaros la invitación.. Yo no sé pa qué cóño vale todo esto, por nostalgia sólo no, hombre,, Cuando queramos podemos pasar a la más rabiosa actualidad. Como no conteste pronto Paco, lo autodestruimos como en la T.I.A. y nos pasamos a mis blogs de http://bbblaki.blogspot.com/ o éste de http://www.myspace.com/blasbarroso EL CASO ES QUE UNO NO PUEDE CREAR UN BLOG E IRSE DE ROSITAS A ROMA,KAGUEN 10, e-mail de Paco Blázquez - Miguel Gallardo - Lolo Cerro - Migue Mendoza ES BROMA, HOMBRE, QUE YO A LO KE TENGO KE ESTAR AHORA ES A LA NUEVA CRIATURAQUE NA MÁS QUE HACE BERREAR..!!! VIVA EL FUTURO!!!!!



EN RESPUESTA A MISIVA MIGUEL GALLARDO – TRAQUE
Buenas Chavá:

¿Qué tal tu Violetilla?. Mentrao en la Web de merida75. Que pasote chavá. Que recuerdos. Para mi, la mejor época de mi vida. Lo más importante en esa épòca eran por este orden, la música y los amigos. Y ke amigos. No había nada más. Ma gustao mucho la iniciativa y kiero pringar. ¿Cómo puedo acceder para poner cosas?. Hay muchas cosas ke contar, nuestras acampadas en el Palomar. Los lavabos rotos. Las volcadas en Proserpina del 470 del Endiña, Las Kaimadas de Antonio el Gallego, La Kantata de Sta Mª DE Kike. Las uvas ke le mangábamos al Nicanor y nos las comíamos en la muralla con el Novillo, Teresa y Mamen Cidoncha. Los guatekes de la Bodega. Las historias de miedo de tu primo el Madrileño. Las largas sentadas guitarreras en el hospital, la vespino, las puch, Y muchas vivencias entrañables que nunca olvidaremos.

Taluegor Chavá ke memoziono.
SABES PA KE VALE TO ESTO, PA SEGUÍ VIVO, PA ENCONTRÁ SENTIDO A LAS COSAS Y PASENTIRTE KERIDO Y SOBRE TODO PA COMPROBÁ KE NINGUN TIEMPO PASADO FUE EL MEJÓ. Y SOBRE TODO PA RECORDÁ LO BIEN KE LO PASAMOS SIENDO AMIGOS. TE LO DICE UNO KASTAO CASI EN LA OTRA VIDA. Y COMO TU HAS ESCRITO Y REAFIRMO CONVENCIDO ¡VIVA EL FUTURO¡.

Miguel A. Gallardo









martes, 22 de julio de 2008

La Murga - Cartel - BBBlaki - 79







He aquí un cartelito de La Murga. Lo hice unos días antes del evento en casa del Loro.



A ver si os gustan estas instantáneas que nos hicimos en una visita de Antonio el Gallego.



En una está Antonio el Gallego y un amiguete suyo galaico tamién que se parecía un webo a nuestro entrañable Jesús Toro.



En la que estoy con el violín haciendo el gamba junto al kiosko del Hospital se puede apreciar en una revista una caricatura de Julio Iglesias tocando el susodicho ñigoñigo.

lunes, 21 de julio de 2008

Cave Canem - Cayóse palmera - La Tahona

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Disponible en DVD - Calidad de sonido: Chungo

Visto por TV

En La Tahona. Presentación libro de Manuel Díaz

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viernes, 18 de julio de 2008

Oye, Fefi (moderno, andergraun, legal)

Tema de culto, supuso la consagración de Cave Cavem como fenómeno de masas entre los cuatro o cinco piraos que nos habían escuchado alguna vez. Aportóla Carpincho, creo,  e incorporóse illico al ya nutrido repertorio de la banda, constituyendo, a cada interpretación, un rotundo éxito. La versión aquí escuchable incorpora, a guisa de introducción, un fragmento de una pieza de Alain Giroux, reverenciado guitarrista transpirenaico de aquellos tiempos, cuyas fluidas digitaciones habíamos podido presenciar en Badajoz, en un bolo en el que también estaba Fausto ("se tu fores ver o mar")

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jueves, 17 de julio de 2008

Los viajes al Jerte y a la Vera

Sugestiva imagen en blanco y negro. Ahora que veo el fondo de la foto dudo si es la piscina natural de Jaraiz de la Vera o la isla de Plasencia. Tiene sus añitos. El verano de 75 o 76...
Manolón Díaz, Blasete y Manolo Cidoncha.
A esta aventura nos apuntamos Carpincho, Javier Doncel, la Sopli y Mamen Cidoncha, amén de los ya reseñados.
No sé si la acústica que llevo es la del Manolón, una Epiphone o una Gibson que me dejaron más de un año.
Ahora que me acuerdo hace algunos años se vino a vivir a Mérida procedente de USA el que yo creía era el autor de "Oye Fefi". Le hablé de la de veces que la cantamos y siempre decíamos anónimo emeritense.
Cuál no fue mi sorpresa cuando me contestó que ni la conocía ni se acordaba. ¡Qué chasco!
De ello deducimos que si su autor no aparece ni la reclama pasará a ser propiedad de Cave Canem - La tabla del jamón - 75 por usucapión, que viva el gallo capón, más de 11 años de uso y disfrute de la misma.
Un achuchón desde Ñosa.

Hay otro viaje mítico que fuimos al Torno, a Piornal, a Pasarón.. No tengo nada de documentación, pero sí el viaje completo en el cráneo, paso a paso.
Fernando, Migue y yo fuimos a vistar al Pedro Campurriano. Pero ésta es otra historia...
Ahí compusimos, te lo juro:

"Subiendo, bajando la verea vamos atrochando,,"

Cuando pasados 25 o más años la escuchaba por extremeños bajo el reloj de la plaza de Salamanca yo me partía el bull de risa.
Joder, una jangada inventada por nosotros ya en el acervoso cancionero popular.
¡¡¡Se nos da mejor esto que a Perales..!!!

Banda sonora

Impagables documentos gráficos, los que aporta Blaki. En la foto, de izquierda a derecha: Paco, Miguel Goliardo, Andrés Domínguez, Miguel Masegosa, Blas y Fernando. En el Anti-Otan recuerdo que cantamos "Canción para la unidad latinoamericana". También tengo un recuerdo difuminado sobre sustancias tóxicas.

Dicen que la vida da vueltas. No es cierto: es una espiral, pasamos por los mismos sitios, pero cada vez más alto y más lejos. Mientras más subimos, más nos cuesta distinguir.

Banda sonora

Cave Canem en la radio, grabado con un radiocassette (que había vivido tiempos mejores) en la cinta más barata de la historia. Antonio, Blas, Carlos, Fernando y Paco. A la vuelta, en el coche, cantábamos “yo nací en una ribera del Arauca vibrador”. Año 82 o 83.



video

miércoles, 16 de julio de 2008

Tocando en el INEM Sta. Eulalia




Queridos contertulios, amigos del 75, aventureros procaces y custodios de De Amiticia..


Sin más ánimo que mi fácil y barata verborrea puesta al servicio de retoques y negaciones. Nada tiene que ver con lo acontecido y sin con ese espacio del recuerdo donde duermen el sueño los justos, os envío este cacho de una noveleta mía "Reloj de un sereno", por llamarlo de alguna manera y por si tuviera algún sentido descojonarse con batiburrillo tal.


Tal, como Tal Farlow, manos grandes, uno de mis monstruos sagrados en el Arte del manubrio guitarril.








IN DUBIO PRO REO




















XVI



La cita con Lalo Bollino la fijamos para las dos y diez. Almorzaríamos en el

restaurante Caviar Kaspia de la plaza de la Magdalena. Nos reconoceríamos por

llevar bajo el brazo un ejemplar del suplemento colorido de Le petit journal.

¡Cuánta enigmática precaución para una celebración parisina!

Tras nueve años sin vernos, Lalo logró doctorarse por la Sorbona profundizando

en Boris Vian, de ahí el encuentro y el festejo. Siempre aparecía, guitarra en ristre,

con las últimas novedades falseteras por la ciudad vieja de Cáceres. Sobre todo

jugábamos envidiosamente a atribuirnos la autoría de las falsetas nuevas. Le di fe,

nueve años antes de que una composición muy ingenua y alegrota en re mayor se

me había ocurrido sentado en las barandillas del Hospital de Mérida y la bauticé

Décima cantiga. Tanto le gustó que en sucesivos encuentros musicales la añadía

a su repertorio en bares, tabernas y reuniones estudiantiles. Yo mismo tocaba con

él la pieza haciéndole terceras o quintas voces con el violín o la guitarra tras lo

cual soltaba su coletilla habitual:

-“¡Ay, Vladimiro, cómo me la pegaste, so cabrón...! Decirme que era de tu

cosecha...¡ Si esto es de Alfonso X el sabio!- clamaba a los cuatro vientos ante la

gente que se descojonaba, y yo el primero que le reía la gracia.

A Lalo Bollino su claustrofobia le impedía dejar las manos quietas y enseguida se

lanzaba a tocar el glúteo o meter el dedo en la nariz de cualquier persona

conocida o no. Aquello nos acarreó mas de un gusto y mil disgustos

Inventamos el deporte del pulso con narices. Salí malherido de aquello, con el tabique partido en

tres.

Tras los cien gramos de caviar, la tabla de patés y los dos litros de Chauvernet

atribuyó a buen seguro a su tío el de Almorchón, prócer de la revolución industrial

en la zona, la paternidad de la copla minera de Puertollano y Almadén cantada

con el sonsonete de Cabeza del Buey:

“Te viá cer una bata, larata

le viá poné solapa, larete

le viá poné corchete, larillo

le viá poné bolsillo, lará

y cinta colorá”

Ya medio beodo me acordé de la lúgubre estación y las minas abandonadas de

Peñarroya y de los mineros vistiendo a las vagonetas con las banderas de la unión

proletaria.

Tras otros nueve años con nuestras pistas perdidas me llegó un sobre acolchado

certificado que contenía una cinta de música con una nota manuscrita:

-“Soy Lalo Bollino. Supongo que te he sorprendido, pero es que oí estas canciones

y me dije: “Esto tiene que escucharlo el Vladi”. Son todas de Ginga con textos de

Aldir Blanc. Si puedes, haz una copia para el Traque, por favor.”

De inmediato me sumí en la audición de los colibríes barrocos. Una cosa bella.

Llevé una copia al Traque.







La labor en el taller era separar en la mesa la paja del trigo. A una caja de madera

las pilas de botón usadas, a un cubilete de dados los trocitos de hilo retorcido de

oro y al bote de cristal de mayonesa Musa las virutas de otros metales. Atraje con

un imán las partículas de hierro procedentes de las seguetas y del esmeril para

engrosar la bolsa de desperdicios inflada ya de carteles y folletos en una melé de

colillas y cenizas. Repasé toda la basura a un contenedor, nada que recuperar

excepto un jirón de papel con un número de móvil y la frase escrita con un roller

Staedler permanente rojo: “Sara, torre derrotarás”. La escribió Ludolfo Braceiro,

mi lector y traductor ocasional de portugués de canciones de Gil, Veloso o Guinga

y aficionado palindromista o palindromero. Me eché el papel arrugado al bolsillo y

salí al mostrador a atender a una señora de edad avanzada.

-“¿Qué desea?”, pregunté como siempre.

-“Sólo mirar. Me gustan éstas perlas, pero las quiero de fantasía”, contestó al buen

rato sin desviar su mirada de la batea de los pendientes de oro blanco y brillantes

con perlas australianas.

-“Dése el capricho y lléveselas. Al fin y al cabo están a precio de saldo. ¿Se ha

fijado usted en el cartel de liquidación por cierre? Vea, vea... y anímese- le

aconsejé.

-“Hablas como tu padre. Eres igualito que él.”, salió por la tangente.

-“¿Y usted es de aquí? ¿Vive usted en la calle del Portillo?”, le increpé ahora

maliciosamente mientras le envolvía unos pendientes de plata más modestos.

-“Soy Sara”, dijo despidiéndose.”Ahora ve y cuéntale a tu madre que me has

conocido”. Cruzó el umbral y quedé perplejo observándola cómo se perdía en la

calle abarrotada de paraguas.